Discursos de presentación de credenciales. Audiencias de Soberanos.

Los discursos de presentación de Credenciales, y en general todos los que se dirigen á un Soberano, deben ser cortos, sencillos y sin entrar en detalles de ninguna clase.

Guía de Protocolo Diplomático.

 

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AUDIENCIAS DE SOBERANOS Y DISCURSOS DE PRESENTACIÓN DE CREDENCIALES.

Tanto Wicquefort, como Martens, García de la Vega y otros respetables autores, convienen en que los discursos de presentación de Credenciales, y en general todos los que se dirigen a un Soberano, deben ser cortos, sencillos y sin entrar en detalles de ninguna clase, ateniéndose en ellos alas generalidades propias de la misión del Diplomático y de las relaciones existentes entre los dos países; conviniendo todos y aconsejando que se pronuncien pausadamente, accionando poco y sin alzar la voz demasiado.

Si durante el curso de la Misión, el Diplomático fuera recibido alguna otra vez para entregar al Soberano alguna Carta Real, y tuviere que pronunciar un discurso, debe observar también estas mismas reglas.

Uno de los discursos más bellos que se han pronunciado en una audiencia solemne es, sin duda alguna, el que dirigió el Vizconde de Chateaubriand, Embajador de Francia cerca de la Santa Sede, al Sacro Colegio en ocasión de presentarse ante él para darle el pésame por el fallecimiento del Pontífice; pero la belleza y elegancia de esta elocuente oración casi desaparece totalmente por la falta del precepto de la brevedad, que el ilustreDiplomático olvidó completamente en aquellos momentos, resultando un discurso sumamente largo y prolijo.

Es regla general en toda audiencia de Soberano dejarle que sea el último que hable, y aguardar a que despida para retirarse y dar por terminada la audiencia; Wicquefort dice, en apoyo de estas reglas, que el Cardenal Dossat, Embajador de Francia en Roma, hablando con el Papa de la guerra entre Inglaterra y Espafia, hubiera querido replicar a Su Santidad antes de terminar la entrevista; pero no queriendo faltar a la etiqueta y hablar después del Santo Padre, prefirió dejar para otra ocasión el rebatir sus argumentos.