Cómo se debe hablar de las personas y de las cosas. Hablar de los demás

Hay personas tan llenas de sí mismas, que explican siempre a aquellos con quienes conversan lo que han hecho y lo que hacen, y que se debe tener en mucha estima todas sus palabras y acciones

Reglas de cortesía y urbanidad cristiana

 

Hablar de sí mismo. Cómo se debe hablar de las personas y de las cosas. Hablar de los demás foto base nastya_gepp - Pixabay

Cómo hablar de otras personas y de sí mismo, según las reglas de cortesía

Aquella urbanidad

Es muy poco razonable hablar sin cesar de sí mismo, comparar la propia conducta con la de los demás; decir, por ejemplo: en cuanto a mí, yo no lo utilizo así, él no hace esto, una persona de mi condición, etc. Esta clase de razonamientos son inoportunos e indiscretos; puesto que nunca sienta bien hacer comparaciones de sí mismo con los demás, y de los demás entre ellos; estas comparaciones son siempre odiosas.

Hay personas tan llenas de sí mismas, que explican siempre a aquellos con quienes conversan lo que han hecho y lo que hacen, y que se debe tener en mucha estima todas sus palabras y acciones. Este modo de comportarse en las conversaciones es muy incómodo y pesado para los demás.

Alabarse y hablar ventajosamente de sí es algo que lesiona completamente la cortesía; es también señal de pequeñez de espíritu: un hombre cuerdo no habla nunca de lo que le concierne, si no es para responder a algo que se le pida; y aún debe hacerlo con mucha moderación, modestia y comedimiento.

Cuando se cuenta alguna cosa que se hizo o que pasó estando con una persona de calidad muy superior, tiene muy poca gracia hablar en plural y decir, por ejemplo: fuimos a, o hicimos tal cosa; no debe entonces alabarse uno mismo, ni hablar de sí mismo; es honesto hablar de la cosa como si no se hubiese tenido parte en ella y decir: Su Excelencia hizo tal cosa, Su Excelencia fue a tal lugar.

Y cuando un inferior habla de una acción que hizo para con él una persona a la que se debe respeto, no es conveniente que diga rudamente: Su Excelencia me dijo esto, Su Excelencia vino a verme; antes, deben utilizarse estos términos u otras maneras semejantes de hablar: Su Excelencia me hizo el honor de decirme esto, Su Excelencia me hizo el honor de venir a verme; o bien, al dirigirse a esta persona: V.E. tuvo la bondad, me hizo la gracia de ocuparse de mí, etcétera.

Hablar de otras personas

La honestidad pide, cuando se ha de hablar de otros, que se haga siempre de modo favorable; por eso no se debe hablar nunca de quien sea si no se tiene algo bueno que decir. No hay ninguna persona, por mala que sea, de la que no se pueda decir algo bueno. Con todo, no estaría bien hablar en buen sentido de alguien que hubiera cometido una falta pública, o alguna infamia: vale más, en estas ocasiones, guardar el silencio al respecto, y, si otros hablan de ella, mostrar que se tiene compasión de la misma.

Se debe asimismo mostrar en las conversaciones que se tiene estima por los demás; no hay que contentarse, por consiguiente, con hablar favorablemente, sino que se debe cuidar de no hacerlo fríamente, o al decir algo que va en su honor, no añadir un pero que suprima toda la estima que lo que se acaba de decir podría acarrearle.

Hay que hablar de las personas que son objeto de la conversación siempre con mucho respeto, y con términos que muestren mucha deferencia para con ellas, a menos que esta persona sea inferior, pero aún en este caso debe uno servirse de expresiones convenientes, que indiquen que se la tiene en consideración.

La buena educación no permite, cuando se quiere llamar a alguien, hacerlo en alta voz, ni desde lo alto de una escalera, ni por la ventana; tomarse esta libertad sería asimismo faltar al respeto debido a esta persona: débese mandar a alguien a buscar al que se necesita, o ir uno mismo, para hacerla venir.

Si se estuviese con una persona a la que se debe respeto, y ella necesitase a alguien, no se debería permitir que fuese ella misma a buscarle; sino que estaría muy bien rendirle prontamente este servicio.

Es descortesía preguntar a una persona superior por su salud, al saludarla, a menos que esté enferma o indispuesta; esto no está permitido más que respecto de las personas que son de condición igual o inferior.

Si se quiere manifestar a alguien, a quien se debe mucho respeto, la alegría que se tiene por su salud, es muy a propósito antes de hablarle, informarse por algún sirviente de cómo va, y luego decirle sencillamente: me alegro mucho, señor, de que goce usted de perfecta salud.

Cuando se pregunta a alguien cómo está, éste debe responder: Me encuentro muy bien, gracias a Dios, dispuesto a prestarle mis humildes servicios; o utilizar algunas expresiones parecidas que se le ocurran a uno.

La cortesía no permite quejarse, cuando se está en compañía y se tiene alguna dificultad o indisposición: esto es carga para los demás, y a veces da la impresión que se hace para poder tomarse más fácilmente sus comodidades.

Hay personas, que al estar en compañía, no hablan más que de lo que les gusta, y a veces de cosas a las que se tienen un singular afecto; si quieren a un perro, gato, pájaro o a cualquier otro animal, lo toman continuamente como asunto de conversación; le hablarán incluso de cuando en cuando en presencia de los demás e interrumpirán, a veces, para esto la conversación; esto les impide a menudo prestar atención a lo que dicen los otros.

Todos estos modos de obrar son signo de estrechez y bajeza de espíritu, y son muy contrarios a las reglas de la cortesía y al respeto que se debe a las personas con las que se conversa, y no son tolerables en una persona bien nacida; pues esta clase de inclinaciones, siendo cosa muy baja, sienta muy mal manifestar tanta alegría por ellas, y mostrarla con tanta vivacidad.

Hay otros que, cuando han hecho algún viaje o algún negocio, o cuando les ha ocurrido algún accidente, sea agradable, o desagradable, no cesan de hablar de lo que les aconteció, de lo que han visto u oído, o de lo que han hecho; parece que, puesto que esta clase de narraciones les gusta a ellos, también tienen que agradar a los que las oyen; esto es señal del amor que se profesan a sí mismos y de la complacencia que tienen de todo lo que hacen o les acontece.