Vuelven los tratados de buenas maneras.

Pocos adolescentes tienen el detalle de ceder el paso a una señora al entrar en una cafetería o, mucho menos, de apartar la silla de la mesa para que pueda sentarse.

 

Imagen Genérica Protocolo y Etiqueta protocolo.org

Educación y modales abren puertas principales: vuelven los tratados de buenas maneras: tras décadas en las que la obsesiva liturgia de los buenos modales provocaba rechazo, se editan nuevos tratados de urbanidad, protocolo y etiqueta, que triunfaron en España a partir de 1850.

Pocos adolescentes tienen el detalle de ceder el paso a una señora al entrar en una cafetería o, mucho menos, de apartar la silla de la mesa para que pueda sentarse en un restaurante o casa particular. Los educadores se quejan de que la juventud se ha instalado en un todo vale, ya que los padres canjean el no estar en el hogar por un consentimiento general. Quizás por eso se haya retornado a los libros de buenas maneras y reglas ya olvidadas que, aunque suene a rancio el recordarlas, vienen al pelo a cualquiera. Recibir en casa y saber vestir en cada ocasión, de María Escudero Coll y Carla Royo-Villanova; El gran libro del protocolo, de José Antonio Urbina; el portal sobre etiqueta y modales protocolo.org, o el constantemente reeditado Tratado de las buenas maneras, de Alfonso Ussía, en clave de humor, son algunos ejemplos.

España ha sido, sin duda, el país europeo, junto con Francia, donde más cantidad de libros, manuales y cartillas sobre lo que empezó a llamarse urbanidad a finales del siglo XVIII y buen comportamiento. Jean-Louis Guereña, catedrático de Civilización Española Contemporánea, acaba de publicar El alfabeto de las buenas maneras, un compendio de estos curiosos tratados que fueron una herramienta clave en la difusión y construcción de una cultura dominante de distinción social.

La urbanidad (del latin urbs, "ciudad"), que sigue definiéndose como el arte, ritual o ciencia de los buenos modales, imponía una organización lógica, perfecta y jerarquizada de la sociedad, que, lógicamente, debía empezar en la escuela. Anterior fue el de buena crianza, que dio lugar a títulos tan peculiares como Lecciones de mundo y crianza entresacadas de las cartas que Milord Chesterfield escribía a su hijo Stanhope cuando estaba educándose, o El protector de los niños o Colección de máximas morales para la educación de la juventud.

A partir de 1800, ese mundo ideal al que todos debíamos aspirar, conformado en torno a un conjunto de rituales sociales que pretendían facilitar la comunicación y las relaciones sociales, se presentaba a través de un manual de urbanidad. Y tanto textos de abecedarios como libros de lectura, relatos históricos o problemas aritméticos se aprovechaban en el cole como vehículo para reparar desviaciones sociales, puesto que "la cuestión de la enseñanza es cuestión de poder: el que enseña domina, puesto que enseñar es formar hombres amoldados las miras del que los adoctrina", decía Gil de Zárate.

La edad de oro de los manuales se sitúa entre 1848 y 1856 y sólo de economía e higiene doméstica para niñas aparecieron 45 títulos con nombres tan cursis como Ramillete de felicitaciones adaptadas a las principales ocurrencias de la vida social, Urbanidad en verso para uso de las niñas o La joven bien educada. La fábula, la poesía y el diálogo eran la fórmula de moda para incluir consejos tan aparcados después como "la misión de la mujer es ser el ángel del hogar doméstico, teniendo la virtud como norte; la honradez por patrimonio y la instrucción y cortesía como complemento". O "la intimidad conyugal dispensa de la etiqueta establecida por la urbanidad, mas no dispensa de sus miramientos".

La calle, intenso lugar de comunicación y sociabilidad, representaba el espacio de todos los lugares y tentaciones, según la Cartilla Moderna de Urbanidad de 1929, en el que "hay que apartarse de los ociosos porque acarrean muchos vicios". O "pocas veces debe levantar la mujer la vista y nunca salir al encuentro de las miradas de los hombres". Las educadas reglas de higiene de aquella época, en la que, como relata Francisco de Cossío, la escuela era un lugar oscuro y sucio, con un olor penetrante a niños mal lavados" resultarían malolientes hoy: "Hay que lavarse los pies cada quincena; el cuerpo entero cada mes en invierno y con más frecuencia en verano y la cabeza cada semana". Afortunadamente, a partir de Isabel II se pasarán revistas de aseo diarias para evitar infecciones. "Los niños no darán ni tomarán el pañuelo de otros para sonarse las narices".

Aunque hoy en día produzcan hasta risa, los manuales de urbanidad siguen editándose y recordándonos que, mientras comemos, no debemos señalar a nadie con el cuchillo.