El arte de escuchar.

La peor de todas las interrupciones es la que dicta el orgullo.

Nuevo Manual de la Buena Sociedad o Guía de la Urbanidad y de la Buena Educación.

 

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Conversar no es hablar continuamente como creen los bachilleres, es hablar y escuchar a la vez, y seguramente se debe prestar tanta atención a lo uno como a lo otro. Para el efecto se debe dirigir la vista amablemente hacia la persona que nos dirige la palabra (razón por la que no se debe trabajar u ocuparse en cosa alguna mientras se habla) y caso que le falte la idea o se encuentre embarazado, se debe aparentar como que no se repara en ello, y si se tiene con ella alguna confianza se le puede indicar con un tono modesto la expresion que parece escaparse a su memoria. Si un incidente cualquiera interrumpe su conversación, una vez pasada aquella causa, no debéis aguardar a que ella anude su discurso sino que con una sonrisa de benevolencia y una acción oportuna debéis invitar a proseguir con una fórmula aüenta y fina tal como: "Si Usted gusta de continuar, decía Usted ...".

Esta obligación de atención en el caso indicado de una interrupción extraña, es más imprescindible cuando nosotros hemos sido los autores. En este particular van tan allá las exigencias de la urbanidad, que si por casualidad se engolfasen de tal modo en la conversación dos personas que se interrumpiesen mutuamente, desde el momento que lo noten deben callar y excusarse recíprocamente, debiendo principiar de nuevo el discurso la persona de más consideración.

Cuando se os haga alguna narración que sin ser agradable, se pretende que lo sea; que sin ser sensible, el interlocutor pretende conmoveros, por más enojado que podáis estar no dejéis de sonreír y mostrar cierto aire de interés. Si el narrador se extravía en largas digresiones, tened la paciencia de dejarle correr al través del laberinto de su discurso; y aún cuando la historia parezca interminable, no le neguéis vuestra atención.

Esta consideración, es aún de más rigor cuando la persona a quien se escucha es un anciano o persona de respeto. Cuando se trata de un igual o de un amigo de confianza se puede emplear algun medio delicado y fino a la vez para acortar la narración, tal como decirle amablemente ¿y al fin en que vino a parar?

Los novicios en el arte del mundo creen poder interrumpir un discurso para que se les expliquen algunas circunstancias que no han comprendido, o para recordar el nombre de algún personaje, pero nadie se debe permitir semejante libertad sino con ciertas consideraciones y cumplidos. Si el narrador pronuncia mal, si conocéis que varias personas están en igual caso que el vuestro; si preveis que por esta falta os exponeis a no poder responderle con atención, entonces podéis permitiros el interrumpirle pero usando siempre fórmulas muy finas tales como estas: "Yo os pido me dispenséis, sentiría perder alguna palabra de vuestro discurso y os ruego tengáis la bondad de repetir". Aún así es preciso aguardar un momento oportuno, bien cuando hace una pausa, o vacila en la elección de una palabra o toma su pañuelo.

Cuando se os cuenta una evidente impostura el arte de escuchar se hace embarazoso y difícil, pues si aparentáis creer pasáis por un candido y si dudáis corréis igualmente el riesgo de desatento y descreído. Un aire frio y una vaga atención, acompañadas de palabras tales como estas: "Esto es admirable", os sacarán honrosamente del paso, más cuando la aventura referida es solamente extraordinaria o dudosa, conviene obrar de otra manera. Vuestra fisonomía debe manifestar la admiración y vosotros contestar con una frase semejante: "Si yo no conociese vuestra veracidad, o si cualquiera otra persona que no fueseis vos me refiriese esto, tendría gran dificultad en creerlo". En todas las hipótesis que puedan ocurrir guardaos de interrumpir.

Suceden muchas veces que al oir referir una narración atractiva se prevee alguna circunstancia, y el placer que se encuentra en esto, y el deseo de manifestar que habéis adivinado, os conducen a interrumpir vivamente al interlocutor. Tales interrupciones aunque naturales y benévolas, ofenden a los ancianos que desean referir las cosas largamente, y extravían a los narradores desolados a quienes se roba una frase de efecto, por cuya razón no debéis permitiros esto sino con vuestros amigos íntimos o con vuestros inferiores, pues en otro caso os exponéis a que se os conteste de un modo amable.

La peor de todas las interrupciones es la que dicta el orgullo. Una persona espiritual y de talento que se apodera de una historia referida por otro con el objeto de hacerla más agradable, se convierte, a pesar de su elocuencia, en un modelo de impertinencia y grosería. Sin duda es muy sensible ver a un necio referir una feliz anécdota de la que se puede sacar mucho partido, más aún cuando no sea obstáculo para esto la buena educación, lo debe ser el interés propio, pues si los oyentes son gentes delicadas permanecerán silenciosos respecto de la última parte del cuento o narración y cumplimentarán con benevolencia al pobre narrador perjudicado en sus derechos.

La interrupción es perdonable cuando se trata de probar o esclarecer un hecho en favor de un ausente. Cuando se os acuse en rigor podéis interrumpir con una exclamación, más sería mejor hacerlo por medio de un gesto. Cabe también mucha finura y gracia en escuchar gesticulando dulcemente, como haciendo un gesto de sorpresa, de asentimiento, etc. Esta manera de aprobación agrada al narrador sin interrumpirle.

En un diálogo intimo, vivo y amistoso, se pueden interrumpir una a otra las personas, acabar la frase comenzada e insistir sobre un epíteto, esto contribuye a la vivacidad del discurso, pero no debe usarse de ello muchas veces.

Hay muchos escollos que evitar cuando se escucha una conversación, escollos y defectos que descubren la inexperiencia de la sociedad. Decir de tiempo en tiempo al que habla si, si, inclinando la cabeza y secundando este movimiento con la mano, es costumbre arrumbada, y que no deja de traer a la memoria el movimiento y oscilaciones de un péndulo; estar con los ojos fijos y la boca abierta; tener el aire distraído y vago; señalar con el dedo las personas designadas por el que habla; estornudar sin cubrirse la boca con la mano o el pañuelo, todas estas maneras pecan contra el buen tono.

El buen deseo de ser útiles nos hace dar estos tan precisos consejos a riesgo de aparecer secos y minuciosos y aún pesados, y por via de antídoto ofreceremos a nuestros lectores, algunos pensamientos de un célebre escritor.

"El comercio y trato de las gentes honradas, no puede subsistir sin una cierta clase de confianza que debe ser recíproca. Es preciso que cada uno tenga un aire o continente tal de seguridad y discreción que no de lugar nunca a creer que pueda decir nada por imprudencia".

"Se necesita variedad en el talento y los que no tienen esta cualidad no pueden agradar por mucho tiempo. Se pueden tomar diversos rumbos y aún cuando no se tenga el mismo talento que los demás basta con que se observe la misma armonía que las diferentes voces o instrumentos conservan en una orquesta".

"Como se guardan ciertas distancias para ver los objetos, lo mismo pasa respecto a los hombres en sociedad; cada uno tiene su punto de vista desde el cual quiere ser considerado,. Generalmente hay razón en no querer ser visto de demasiado cerca, y apenas existirá un hombre que consienta en dejarse ver tal como es en todos sus asuntos".

"Es preciso sufrir en la conversación que aquellos que hablan digan cosas inútiles y bien lejos de contradecirles o interrumpirles, se debe, por el contrario, seguirles el aire; mostrar que se les comprende; alabar lo que dicen cuando merezca ser alabado, y darles a entender que se les alaba o aplaude más por deferencia que por complacencia".

"Tampoco es conveniente prestar demasiada atención a conocer la capacidad de aquellos a quienes se habla para adherirse al de más entendimiento, sin herir el amor propio de los demás por esta preferencia".

"También debe tenerse cierta habilidad en no agotar las materias de que se trata y dejar a los demás alguna cosa que pensar y que decir".

"Es peligroso querer ser siempre el dueño de la conversación y hablar con demasiada frecuencia de una misma cosa. Se debe ser enteramente indiferente acerca de las discusiones que ocurren en materias de agradable conversación, y no dejar jamás traslucir el deseo de conducir la conversación hacia el terreno en que se quiere entrar".

"Es preciso observar que no toda especie de conversación por honesta y espiritual que sea es igualmente propia para toda clase de personas; es preciso escoger lo que convenga al estado de cada uno y elegir el tiempo a propósito para decirlo".

"Hay giros, aires y maneras que constituyen muchas veces lo agradable o desagradable, delicado, o chocante de una conversación. El secreto del acierto es concedido a pocas personas y aún aquellos que dan reglas a los demás, suelen engañarse algunas veces". La más segura, en mi opinión, es no tener ninguna inmutable; demostrar en lo que se dice, más bien negligencia que afectación; escuchar, hablar poco, y no esforzarse jamás ni imponerse la necesidad de hablar.

"Es una cosa bien sabida que es muy conveniente hablar muy poco o casi nada de su mujer, más no se sabe bastante bien que se debe hablar menos aún de sí mismo".

"Nada impide tanto el ser natural como el deseo de parecerlo".

"Es preciso no hacer jamás medias confidencias pues embarazan siempre a los que las hacen, y no contentan nunca a los que las reciben".

 

Nota

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