Los bailes en sociedad. Tercera parte.

El cotillón es uno de los bailes más preferidos, y requiere grandes cuidados de parte de la dueña de la casa para organizarlo y que los bailadores lleven recuerdos gratos de aquellos deliciosos momentos.

Arte de Saber Vivir - Prácticas Sociales. Ed. Prometeo.

 

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Modo de dirigir el cotillón.

Una persona que no sepa bailar bien debe abstenerse de hacerlo. Los que bailan cuidarán de la elegancia de la figura y de que los bustos enlazados no se toquen nunca.

El cotillón es uno de los bailes más preferidos, y requiere grandes cuidados de parte de la dueña de la casa para organizarlo y que los bailadores lleven recuerdos gratos de aquellos deliciosos momentos. Los caballeros dan una prueba de amabilidad ofreciendo las preseas a sus parejas.

Del que dirige el cotillón depende el éxito de este baile. Es necesario confiarlo a un caballero experimentado, que una la alegría a un tacto perfecto y a mucha elegancia. Las figuras principales son las siguientes:

1. La dama se sienta en un almohadón, y los caballeros hacen sucesivamente ademán de arrodillarse, pero ella lo impide a todos, excepto a aquel con quien desea bailar.

2. La dama sube sobre su silla con una bujía encendida en la mano; dos bailadores tratan de soplar la bujía; el que lo consigue baila con ella, y el otro les sigue llevándola encendida.

3. Al cabo de una varita se fija un hilo con una flor, y el caballero que la arrebata baila con la dama que sostenía la varita.

4. Una dama sentada sostiene un espejo; los caballeros vienen a mirarse en él, y ella borra con el pañuelo la imagen de los que rehusa.

5. Una pareja distribuye tamborcillos de diferentes colores; a una señal, las damas danzan con los caballeros que llevan sus colores.

"Sin duda este baile gusta tanto por la libertad de elegir parejas que ofrece y la franca alegría que en él reina"

6. Bajo un arco formado de cintas y rosas, se sujeta una campanilla y una cestita de pétalos de flores. Una cinta que corresponde a la campana y otra a la cesta, o ambas, son sujetadas por una dama, que, a su capricho, hace sonar la campana o caer los pétalos. El caballero cubierto con ellos no puede bailar.

7. Grandes margaritas blancas se distribuyen entre las damas, y pequeñas margaritas de diferente color forman el adorno de los caballeros. A una señal del caballero director, cada dama tira uno de los pétalos de su flor, y el último pétalo por un movimiento de báscula; el corazón de la margarita se vuelve, y según el matiz que ostenta, responde a los colores de los caballeros y se forman las parejas.

Existen aun mil figuras que sería demasiado largo enumerar, pues cada año las hay nuevas. Los objetos que sirven para ellas los disponen los dueños de la casa y los regalan. Sin duda este baile gusta tanto por la libertad de elegir parejas que ofrece y la franca alegría que en él reina.

Su final es sumamente bonito. El director y su pareja se cogen de la mano y van a saludar a los dueños de la casa. Levantan en seguida los brazos de modo que todas las parejas pasen por debajo de ellos. Cada pareja saluda, se vuelve y levanta el brazo, formando una larga galería, bajo la que se cruzan todos los bailadores. Pasado el último, se cogen del brazo las parejas y cesa la música.

Cuando después del cotillón hay cena, generalmente es en pequeñas mesitas; un caballero dará pruebas de delicadeza procurando, si acompaña a una joven soltera, invitar a la misma mesa a sus padres, y no invitando jamás, a no ser con permiso del interesado, a una señorita comprometida o señora casada.

De la misma manera el último caballero con quien ha bailado acompaña a la señora al vestuario, le da el número de orden y le ayuda a ponerse el abrigo.

Llegado el momento de marchar, los que se retiran no se despiden de nadie, excepto de los dueños de la casa, a los que bajo ningún pretexto se dejará de darles las gracias por sus amabilidades. Se escoge el momento en que están solos y se despide lo más discretamente posible, para evitar que el ejemplo sea seguido demasiado pronto. Nada hay tan enojoso como interrumpir una fiesta con despedidas. Si los que se marchan son señoras solas, su caballero debe acompañarlas hasta el vestíbulo y esperar que suban al coche.

 

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