Respeto a los ancianos, precepto de urbanidad

Burlarse de un anciano es lo mismo que atropellarle, insultarle, y como el ofendido carece de fuerza para pedir satisfacción, resulta que el opresor es un cobarde

Manual de la Urbanidad y el Decoro.

 

Manos. Manos de una mujer madura. Chris Marchant

La veneración a los ancianos. Cederles el lugar reconocido como preferente

Burlarse de un anciano es lo mismo que atropellarle e insultarle

Para vivir bien en el mundo es preciso no perder el respeto a nadie. Cada cual conserva el sentimiento de su propia dignidad, y el amor propio no sufre que le ofendan. No siempre se tiene bastante grandeza de alma para hacerse superior a un agravio. El orgullo ofendido perdona difícilmente una personalidad. Debemos, pues, vivir con mucho cuidado y tomar las mayores precauciones para no molestar ni desazonar a nadie.

Trataríase con el más justo y merecido desprecio al que olvidase su deber hasta el extremo de ultrajar al anciano, cuya debilidad y achaques le quitan todos los medios de repeler un insulto.

Debe mostrarse mucha veneración a los ancianos, cederles siempre el lugar reconocido por preferente y procurar no contradecirles jamás. Cuando nos creamos con derecho de hacerles alguna observación, guardemos una moderación respetuosa, que lejos de indisponerlos contra nosotros, les inspire una dulce confianza y les empeñe a escucharnos favorablemente.

Burlarse de un anciano es lo mismo que atropellarle, insultarle, y como el ofendido carece de fuerza para pedir satisfacción, resulta que el opresor es un cobarde y qua falta a los primeros deberes de la justicia y de la Urbanidad. No hay duda que ciertos ancianos son regañones, coléricos; pero esta falta es más bien la edad que del individuo, y no nos exime de las atenciones generales a que son acreedores.

Ancianas. Dos simpáticas abuelitas. Mario Mancuso

La mirada a los ancianos

Debemos mirarlos con un respeto semejante a aquel con que se mira a los robustos árboles, antiguos habitantes de la tierra, que adornan nuestros jardines, y que aun en su decaecimiento nos cubren de una benéfica sombra.

El joven llegará también a aquella época de la vida, en que muchos placeres, antes deseados, se nos hacen insípidos. Si entonces tiene el disgusto de verse el objeto de la burla de la generación que le sucede ¿qué amargura no le aguarda en sus últimos días? Hasta hoy no hubo en el mundo nación tan bárbara ni gente tan indómita, dice el ilustrísimo Guevara, que entre ellos se prohibiese a Dios el servicio, ni al pobre el socorro, ni al viejo el acatamiento, porque son tres cosas en sí tan esenciales y aun tan naturales, que de buena razón no había menester ley que las ordenase, ni príncipe que las mandase.

Los viejos en Roma tenían cinco notables privilegios, venidos a pobreza eran mantenidos por el erario público, ellos solos podían sentarse en los templos, traer anillos en los dedos, comer a puerta cerrada, y llevar hasta los pies la vestidura.

Respetemos, pues, la ancianidad. Un día recogeremos el fruto del homenaje que le habremos tributado, y dejaremos el mundo bendiciendo a los jóvenes virtuosos, que nos habrán hecho agradable la vida con sus obsequiosas atenciones.

 

Nota

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