La cortesía. Politeness. I

El lenguaje es un hecho fundamentalmente interactivo que afecta, como mínimo, a dos, y esos dos no sólo intercambian información

Universitat d'Alacant. Grupo GRIALE.

 

Cortesía - Politeness. Escena campo. La cortesía en el lenguaje: la vertiente social del lenguaje foto base quinntheislander - Pixabay

La cortesía en el lenguaje: la vertiente social del lenguaje

1. Introducción

Hasta el momento hemos hablado del lenguaje en el contexto, del lenguaje en uso, de cómo comunican los hombres, pero no hemos tratado realmente la vertiente social del lenguaje. Es decir, cómo el lenguaje es un hecho fundamentalmente interactivo que afecta, como mínimo, a dos, y esos dos no sólo intercambian información. Los estudios sobre la cortesía van a tratar este aspecto.

Si, además de trasmitir información, el lenguaje es un vehículo de intenciones, debemos conseguir la colaboración de nuestro interlocutor, del oyente, del destinatario del mensaje. En cierto modo lo vimos en Grice (1975) en su principio de cooperación, pero si el lenguaje no es sólo comunicar, sino un medio para lograr unos propósitos, debemos actuar de tal menara que nuestro interlocutor caiga en la red de nuestras intenciones. Pero como nuestras intenciones pueden no ser exactamente las de nuestros interlocutores y no siempre disponemos de la capacidad ni de la posición (jerarquía) social para conseguir todo lo que queremos, hemos de utilizar determinadas estrategias que combinan lo social y lo lingüístico.

2. ¿Norma social o estrategia lingüística?

Si de lo que se trata es de conseguir que nuestro interlocutor contribuya o acepte nuestro beneficio sin que llegue a percatarse de ello -o que percatándose lo acepte- se plantea inevitablemente la cuestión de si la cortesía es solamente una norma social o puede estudiarse desde un punto de vista lingüístico.

La cortesía como fenómeno social es indiscutible. A todos desde pequeñitos nos enseñan a ser corteses y todos llegamos a ser conscientes (unos más que otros) que la cortesía es un medio necesario de relación con las personas de nuestro entorno. Si queremos ser aceptados, debemos ser corteses, es más si somos corteses obtenemos ciertos beneficios (afectivos, económicos o de cualquier otro tipo).

La cortesía social se aprende. Un niño bien educado aprende a ser cortés; un adulto debe serlo. O, al menos, eso esperamos. La falta de cortesía acarrea problemas al pobre y al poderoso, al culto y al poco formado. Pero si la cortesía social se aprende, no es de extrañar que sus mecanismos difieran según las culturas y los países. Utilizar dos besos para saludar a una señora nos puede costar la cabeza en Arabia Saudí, pero el eructo final de banquete le puede costar el negocio a un empresario saudí en Londres.

La cortesía social depende, pues, de relaciones afectivas, jerárquicas y culturales ¿hay una cortesía lingüística?

Si consideramos que con el lenguaje conseguimos objetivos, el hombre no sólo deberá tener en cuenta la adecuación de su mensaje al contexto, sino a las características del oyente (jerarquía, relación social, sexo, edad, etc.). Por lo tanto, la cortesía también puede entenderse como un conjunto de estrategias conversacionales (Leech, 1983).

3. Grice (1975) y la cortesía.

Hablar de estrategia conversacional nos obliga a recordar las máximas de Grice
(1975). ¿Cumple la cortesía las máximas de Grice? El principio de cooperación, como sabemos, tiene como objetivo asegurar la comunicación, la cortesía, conseguir un objetivo.

"La cortesía también puede entenderse como un conjunto de estrategias conversacionales"

Es normal, por lo tanto, que entre unos y otros haya conflictos.

Chiste del gato y la palmera:

"Esto eran dos amigos: Manolo y Pedro. Pedro tenía un gato al que quería mucho. Pedro se va de vacaciones y deja el gato al cuidado de Pedro. Al volver de vacaciones, Manolo le espeta a Pedro: 'Tu gato se ha muerto'. Pedro se enfada y le dice: 'pero, hombre, cómo ha sido qué ha pasado', etc. Manolo le explica que se subió a una palmera y se cayó, que lo llevó al veterinario y éste no pudo hacer nada. Pedro lo entiende pero le dice: 'hombre, si sabías que yo quería tanto al gato, haberme avisado con un telegrama y me dices: 'tu gato se subió a la palmera y se ha caído'. A la semana me envías otro y me dices: 'tu gato no se encuentra muy bien, etc.', y yo así me voy acostumbrando a la desgracia. Al año, Pedro se va de vacaciones de nuevo y esta vez le deja a su abuela que está ciega y pesa 120 Kgs. A la semana, Manolo envía un telegrama a Pedro en los siguientes términos: 'Tu abuela se subió la palmera'".

Es obvio que para ser cortés Manolo debe infligir algunas máximas: la de cantidad (decimos de más), la de manera (no somos claros), la de calidad (decimos algo no es exactamente verdadero), pero el beneficio es que su amigo Pedro no se sienta tan triste. Por lo tanto, la cortesía se convierte en un principio superior que hace legítima la trasgresión de las máximas.

En realidad, practicamos esta manera de actuar en muchas situaciones de la vida cotidiana cuando en lugar de gorda utilizamos un poco gruesa, cuando en lugar de canijo utilizamos no es demasiado alto, etc. Esto no significa, sin embargo, que la cortesía sea un principio de obligado cumplimiento en todas y cada una de las situaciones en que nos ponemos a hablar.

Por ejemplo, si vamos a cruzar la acera y un individuo despistado va a cruzar sin mirar y se aproxima un camión a 120 km/h, tendrá menos éxito:

"Perdone, señor, se aproxima un vehículo pesado y si colisiona con usted, tiene pocas posibilidades de sobrevivir" que: "¡Cuidado, majadero!"

Algo parecido ocurre en muchas otras situaciones en las que la transmisión de información no es interaccional sino transaccional. Entre ambas, por supuesto, hay un continuo.

 

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