El falso y presumido erudito.

En sociedad hay gente que presume de saberlo todo y presumen de llevar ventaja a todos los presentes.

Reflexiones sobre las costumbres. 1818.

 

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El falso y presumido erudito.

Cierto jardinero encontró una zarza que estaba muy lozana en la margen de un barranco; y ella le dijo con mucha urbanidad: " Señor mío, ¿no es verdad (hablemos de buena fe), que yo no ocupo el puesto que debía? Trasládeme usted a su jardín, y verá que de progresos hago, y cuantas ganancias le acarreo; hágalo usted por su bien no más. Creyóla el bueno del jardinero, y la trasplantó a su jardín.

Como lo había prometido, así lo cumplió ella; sus progresos fueron muy rápidos; a pocos dias ahondó sus raíces, sus largos vástagos se extendieron a lo lejos, sus encorvadas espinas apresaban cuanto estaba a su alcance; todo lo enreda, se entreteje por todas partes; y plantas, y legumbres, y flores y frutos todo se mustia y seca y muere.

¿Quién ha de prestar orejas a esos presumidos que se jactan de saberlo todo? Si se les escucha, ¡qué de prodigios no prometen! ¡cuántas maravillas no hacen! Pero dejémosles que hagan, y se verá que todo lo echan a perder.

Tal es D. A.A.; tan presumido como necio, piensa saberlo todo, y llevar ventaja a todos. Si se trata de retórica, él sabe de coro todas sus reglas, y sus figuras y sus tropos; pero a pesar de todo esto aparato, no sabe escribir una carta. Si de poesía, ¡cuántas obras no ha compuesto! y con qué prontitud. El sabe componer en un solo día una multitud de laberintos, de anagramas, y de octavas acrósticas, céntricas, esdrújulas y enigmáticas. Sonetos, a docenas; y algunos de ellos en una sola hora.

Y no solo en la lírica, sino en la dramática; pues si se lee una comedia suya, se verá que no se contenta con introducir en ella personajes ordinarios; sino que mete allí Reyes y Papas, y hasta los Santos del Cielo hace bajar para que hagan su papel. ¿Y la versificación? Su ingenio vasto no puede sujetarse a traba alguna; no sufre ceñirse a un solo metro, sino que a sus personajes los hace hablar en seguidillas, en cuartetas, en octavas y en sonetos; y ya también en versos sueltos, conforme le parece a su delicadísimo gusto.

¿Pues D. A.A. no tiene algún amigo que le censure sus obras, y le advierta sus faltas para que las corrija ? D. A.A., ¿sujetarse a la censura de nadie? nada menos que eso; si viniera el mismo Apolo a censurarle, creería que sus advertencias eran ofensas, y se tendría por obligado a defenderse; él no busca censores que le corrijan, sino aduladores que le aplaudan. Pero, ¿es posible encontrar sujetos capaces de alabar obras tan disparatadas como las de D. A.A.? Sí, pues como dice graciosamente el delicado Boileu:

"Un tonto, siempre halla otro tonto que lo alabe".

¡Qué lástima que a D. A.A. no se le traslade, no digo a la academia de los Arcades, sino al mismo Parnaso, donde con sus desentonados gritos aturda a las Musas y las ahuyente, y con su ardoroso estro seque las fuentes de aquellas cercanías, y haga volar de allí hasta el Pegaso mismo! Ello es que un ingenio de orden tan superior no está en su debido puesto, trasplántese como la zarza, y se verán bien pronto sus progresos.

Cuantas veces encuentro a Don A.A., o pienso en la vana presunción que le domina, se me ocurren a la memoria Racine y Pradon. ¡Qué diferencia tan enorme de uno a otro! Racine empleó un año en componer Fedra, tragedia reputada por una de las obras de primer orden. Antes de representarla consultó largo tiempo a sus amigos, corrigió muchos pasajes conformándose con el consejo de ellos, y se dedicó a pulirla más y más hasta asegurarse de su perfección y belleza. Pradon, por el contrario, trabajó la misma tragedia en un solo mes, y la publicó atrevidamente asegurando al público que era una excelente pieza; pero le sucedió lo que a los presumidos orgullosos; su Fedra fue detestada, y sus egjemplares sirvieron (como dice nuestro sabio Saavedra de semejantes obras) "para hacer cartones a las damas, y capillos a las ruecas, devanadores, papelones de grajea y anís, y también para ensolver las ciruelas de Genova". Esta es la suerte de los necios presumidos; la Fedra de Pradon vino a parar en el más sordo olvido; la de Racine durará hasta la posteridad más remota.