Hacia la ley del más grosero.

Tengo idea de que en Madrid la gente es particularmente patanesca y desconsiderada.

El Semanal

 

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Mi amiga Mercedes López-Ballesteros me brinda la idea de este artículo, y así lo hago constar. Vaya por delante, que no es una vetusta dama añorante de florituras y fastos, sino una persona joven y nada tiquismiquis con las reglas, la etiqueta y otras zarandajas. Lleva muchos años trabajando como asalariada, y por tanto está acostumbrada a la frecuente descortesía con que los jefes españoles tratan a sus subordinados.

No espera milagros, y es más, recuerdo la gratitud y el asombro con que me contó una vez cómo había comprobado que un antiguo jefe suyo era un "caballero" por el mero hecho de haberla protegido con su paraguas una tarde de fuerte lluvia hasta que ella encontrara un taxi.

Eso me hizo pensar -tan poca cosa me parecía el gesto, en realidad tan debido- que el comportamiento habitual de los superiores debía de ser salvaje para que brillara tanto ese detalle.

Y me comentaba hace días algo para mi aún sorprendente, a título de ejemplo de lo que se da hoy como norma. Lleva ahora seis años en la misma empresa, desayunando a diario en una cafetería cercana a su sede, frecuentada por empleados y ejecutivos de las muchas oficinas que hay en la zona. Pues bien, en esos seis años de entrar y salir por su puerta, nadie nunca, ni una sola vez, le ha cedido el paso, o le ha sujetado dicha puerta si ella iba muy cargada, o le ha echado una mano si se le ha caído el bolso al suelo con sus pertenencias desparramadas, o -faltaría más- le ha ofrecido su asiento en la barra.

Antes al contrario: le han dado empellones para entrar o salir antes que ella, le han soltado la puerta en las narices centenares de veces, le han pisoteado las manos y pateado el lipsitck mientras recogía su bolso volcado, le han invadido el taburete en el que ya estaba sentada, le han leído su periódico por encima del hombro con desfachatez, el aliento sobre el cogote e instándola a pasar de página.

Tengo idea de que en Madrid la gente es particularmente patanesca y desconsiderada. Ojalá así sea, y en Barcelona, Santander, León, Gijón o Málaga los habitantes estén mejor educados. Pero no se me oculta que se trata de una actitud bastante generalizada. Aquí se han ido juzgando idiotas, estiradas, superfluas, la mayoría de las antiguas convenciones y normas no ya sociales, sino de urbanidad simplemente. Y algunas, en efecto, eran estúpidas o demasiado artificiales. Pero claro: alguien decide que a santo de qué se va ir de negro a los entierros, cuando el dolor es íntimo y nada tiene que ver con su exhibición codificada.

El siguiente paso es considerar que no hay por qué acudir a un entierro así sea haya muerto el propio padre. Y al final resulta que los difuntos llegan solos a lo que se llamó antiguamente su "última morada", o cuatro gatos que zanjan el asunto a toda prisa y se van corriendo a ver el partido de fútbol o las Crónicas marcianas, que esa noche van dedicadas al tamaño de la polla del mayordomo de la nuera de un aristócrata célebre.

Es una ejemplo que ponía la propia Mercedes L-B. Yo mismo detesto los entierros, pero no se me escapa, en según que casos próximos, que el muerto todavía parece alguien al día siguiente de su fallecimiento, y que no acompañarlo hasta esa "última morada" es -no para él, sino para los vivos- como dejarlo aún más abandonado, cuando ya debe de ser la muerte abandono suficiente para cualquiera.

Cada convención, cada gesto, cada símbolo es visto como una chorrada por los españoles actuales, y no digamos las normas, "represoras y coercitivas". Por su parte, muchas mujeres -las feministas más obtusas- han ido rechazando los detalles de cortesía, por juzgarlo machistas o sexistas. "Oiga usted, no me ceda a mi el paso, a ver que se ha creído", le pueden soltar a uno si se hace a un lado.

Así que muchos varones se abstienen y en seguida pasan al extremo contrario, tratan a las mujeres a codazos, atropellan a los ancianos y zancadillean a los paralíticos. A estos últimos, al mismo tiempo, se les construyen rampas para sus sillas de ruedas, es todo hipocresía y contrasentido.

Las normas se van suprimiendo una tras otra. Si esta ¿ por qué no también aquella y la de más allá ?. Son una lata, claro. Lo es peinarse, o vestir decorosamente; lo es aguardar cola, o pedir permiso, o disculparse. Estupendo, pero así se va hacia la ley del más fuerte o del más bestia o del más grosero, y el que mejor arrase será el que lo tendrá todo más cómodo. Y luego, cielo santo, cuando uno se encuentra con la extraña noticia de que alguien ha pedido disculpas, resulta que ahí estaban de más y se convierte en una desconsideración más grave.

Leo: "El hijo del ex-presidente Adolfo Suárez pidió disculpas a Rodrigo Rato por las críticas a su talante soberbio con las que lo retrató su padre". ¿Y quién se cree que es ese hijo para excusarse por la opinión de su padre? ¿Cómo se arroga semejante derecho ese vástago pretencioso y mal educado? Uno no comprende ya nada. En España no existe la cortesía apenas, desde hace tiempo, y cuando la hay aparente, es para incurrir en mayores zafiedad y grosería. Sonará estúpido y retrógrado, en nuestro país tan "espontáneo", pero debería haber en la escuela una asignatura de Urbanidad Mínima si no queremos que se vaya al traste la mismísima convivencia.

 

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