Las buenas maneras… ¡Cómo hacen falta!

A veces hasta parece que ser bueno pasó de moda, que ser decente y honesto es ser tonto.

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Acaban de pasar las vacaciones del mes de octubre y los niños y jóvenes regresarán a la escuela, recibirán sus enseñanzas y harán sus tareas.

Y como siempre, me hago la misma pregunta: ¿cuándo volverá la educación que incluya valores, modales, cortesía y buenas maneras?

Pues cuando vemos y escuchamos a los jóvenes en los sitios públicos, cuando observamos su comportamiento y oímos el vocabulario que emplean para conversar, podemos notar fácilmente que aunque vayan a la escuela y aprendan las operaciones básicas de matemáticas, sepan quién fue Napoleón Bonaparte, quién tradujo los Derechos del Hombre y en qué lado está situado el corazón; apreciamos también que en la enseñanza de valores, urbanidad y civilidad, ¡cero huevito y mucho error!

Los valores tradicionales de respeto y cortesía o como se les quiera llamar, se han perdido poco a poco y ya no parecen tener ningún sentido; es más, creo que están en franca decadencia, casi devaluados y muy cerca de la extinción.

A veces hasta parece que ser bueno pasó de moda, que ser decente y honesto es ser tonto o hacer el oso, y que quien es más grosero y grita más, consigue las cosas con mayor facilidad. A los niños se les enseña temprano que llorar no es cosa de hombres y desde muy pequeños tienen que mostrar su hombría "a golpes"; a las niñas se les inculca que son iguales a ellos, y si ellos patean, pues a patear entonces.

"Los valores nos ayudan a convivir como seres humanos"

¿Y de quién es la culpa? La mayoría de las veces se la echamos a la escuela, pero yo creo que en verdad somos culpables todos; los padres y las madres, porque le dejamos esa tarea a la escuela cuando es en el hogar en donde se debe comenzar con las primeras lecciones. Cuando los niños llegan a la escuela ya llevan la base de su formación, ya deben saber cómo conducirse frente a los demás, cómo tratar a los adultos, a los maestros, cómo actuar en un sitio público; entender que en la calle no se tira basura, que no deben decir palabras vulgares y que el mundo no es solo de ellos, sino que le pertenece también a los demás.

Los valores nos ayudan a convivir como seres humanos y esto no debería ser exclusivamente un asunto de las grandes empresas, de grupos cívicos, clubes, gremios, de las instituciones políticas o de los profesores y maestros. Los valores deben ser la columna vertebral de la convivencia sana entre los seres humanos: los valores individuales, los valores familiares, los valores sociales y hasta los valores nacionales, como nación.

Pero si nos interesa de verdad hacer cambios positivos en nuestros hijos, debemos cuestionarnos cómo están nuestros propios valores: si somos honestos, probos, generosos y considerados, y lo más importante, preguntarnos de qué manera afecta a los demás una vida con ausencia de valores.

Los gobiernos, la escuela, las entidades, los medios de comunicación y por supuesto, la familia, deberían pensar en campañas, planes o programas que tendieran a recuperar estos elementos perdidos, pues los jóvenes ya no son el futuro sino el presente.

 

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