La mala educación.

Desde mi humilde punto de vista, en las relaciones humanas, en el contacto personal, ha sucedido todo lo contrario: hemos sufrido un retroceso importante y preocupante.

Diario Expansión

 

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El retroceso de las relaciones humanas.

En la empresa, como buen reflejo de lo que ocurre en la calle, se han perdido muchos de los valores personales que tenían los profesionales.

No me cabe ninguna duda de que en esta sociedad del siglo veintiuno muchas cosas están cambiando. Dependiendo desde qué prisma se mire, algunas para mejor y otras, lógicamente, para todo lo contrario. En lo que al progreso tecnológico se refiere, hemos avanzado de manera prodigiosa, hemos mejorado nuestras comunicaciones y los sistemas de trabajo, y no hay día en el que no nos encontremos con algún descubrimiento nuevo encaminado a perfeccionar los procesos productivos.

Pero, desde mi humilde punto de vista, en las relaciones humanas, en el contacto personal, ha sucedido todo lo contrario: hemos sufrido un retroceso importante y preocupante. La sociedad en general, y la española en particular, ha cambiado su modo de vida y la alta competitividad que impone una sociedad de consumo globalizada y orientada a colocar los productos para su compra y disfrute -sin pararse ante nada ni nadie, por mucho que se sepa que se está en el límite de la ética- hace que no se respeten normas y principios, los cuales, hasta hace poco, eran el referente de todo comportamiento social y humano.

Antes se valoraba a las personas por lo que eran, no por lo que tenían. ¡Qué lejos quedan aquellos tiempos en los que, cuando íbamos por la calle de la mano de nuestro padre, pasaba delante nuestro don José, el maestro, con su abrigo raído y viejo, y todo el mundo le saludaba con el respeto que su categoría humana, profesional y de conocimiento le otorgaban!

Hoy, cuando escuchas en la calle a muchos jóvenes, no puedes más que preocuparte. La categoría personal y profesional se ha reducido al viejo dicho de "tanto tienes, tanto vales". Cuanto más dinero tenga la persona, más valor posee para las nuevas generaciones; cuantas más propiedades materiales se tengan, más respeto gana uno en esta sociedad vendida al consumismo y a la degeneración de los valores humanos y éticos. ¡Está forrado, tiene ..... y tiene ..... y tiene ..... ! Es casi lo único que la mayoría de los jóvenes entienden por categoría profesional y personal.

Y en la empresa, como buen reflejo de lo que ocurre en la calle, sucede lo mismo: también se han perdido muchos de los valores personales que tenían los profesionales. Ya vale casi todo para poder alcanzar el presupuesto; ya se puede recurrir a cualquier artimaña con tal de que los números cuadren y se pueda cerrar el año de acuerdo a lo que nos hemos comprometido. Y lo que es -desde mi humilde entender- mucho más grave, ya podemos hacer lo que queramos: la libertad y la democracia son nuestra mejor excusa.

Por ello, y por el cambio de valores reinante, cada día es más habitual comprobar cómo se van perdiendo las formas y las normas de conducta en la actividad diaria. Cómo las personas dejan a un lado su buena educación (si es que en algunos casos la han llegado a tener) y el respeto a las mínimas normas de comportamiento y urbanidad, para pasar a ser directivos (da igual la longitud y altura de su cargo) soberbios, engreídos y endiosados que no pueden perder su precioso y ocupado tiempo para atender a cualquier humano normal que ose molestarles en su dura y estresada jornada laboral.

Porque, cada vez más, la mala educación, la ausencia total del respeto a las mínimas normas de cortesía, la carencia de formas y la desaparición de una etiqueta en las relaciones laborales se están imponiendo.

Da lo mismo que nos citen a las diez. Aparecemos a las once, ya que lo elegante es llegar tarde y que el otro espere. Si escriben solicitándote alguna información, o invitándote a un acto comercial o social, ¿para qué contestar agradeciendo la invitación y excusando nuestra imposible asistencia?, ¿para qué confirmar por mucho que lo diga la invitación? Si voy, voy; y si no lo hago, más pierde el que invita. Si llaman por teléfono, cuanto más difícil sea dar con uno, más importante parece, y más tratan de localizarle.

Cada vez en mayor medida, y por desgracia, la mala educación reina en las relaciones profesionales, comerciales y humanas, en esta sociedad que antepone los principios de cantidad (cuanto más tengo, más valgo) a los de categoría (cuanto más sé, más se me valora). Y así nos luce el pelo.

 

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