El milagro del protocolo.

Nuestra industria del protocolo ha ido afinándose en estos 25 años hasta llegar a rozar los límites de la perfección.

El País Semanal

 

Imagen Protocolo y Etiqueta protocolo.org

Bien. Una vez superado el 14-M, nos queda el 22-M para llegar al verano sanos y salvos. Esta vez, sin embargo, no habrá el menor suspense ni la mínima crispación nacional al margen de las invitaciones a la Boda. La industria española del protocolo, una de las más prestigiosas de Europa a pesar de sus pocos años de tradición, se encargará con rigor geométrico de que el acontecimiento del 22-M resulte impecable. Podremos tener graves problemas de ética, pero en asuntos de etiqueta somos capaces del dar lecciones a cualquier país.

Y es que nuestra industria del protocolo ha ido afinándose en estos 25 años hasta llegar a rozar los límites de la perfección, como comprobaremos el día de Almudena. El verdadero milagro español, lo que se dice un milagro, ha consistido en ir resolviendo por la vía pacífica y día a día todos los infinitos e inéditos problemas protocolarios que implicaron el paso de una dictadura fascista, maleducada y de etiqueta provinciana, basada en el modelo de Vetusta, el único ambiente burgués que conoció el Comandantín, a una monarquía cosmopolita (él romano, ella ateniense), de corte federalizante y en medio de un patio mitad republicano descorbatado mitad patio de armas chaquetero. Ese salto ha ido generando una potente industria nacional de la etiqueta que se traduce en multitud de escuelas, institutos, facultades, masters, academias, libros y revistas de protocolo, con una masa de alumnos, profesores y profesionales del protocolo que no tiene parangón en Eurolandia, y que si no se ha convertido en la primera exportación española es porque nuestro modelo de etiqueta cortesana, admitámoslo, es demasiado complicado además de muy original.

Pero no solo es mérito de la Monarquía. El experimento de las autonomías duras y blandas ha tenido muchísimo que ver en el espectacular desarrollo nacional de las artes del protocolo. Cada autonomía, hasta la más huérfana de raíces de identidad que se pierde en historias milenarias, ha ido edificando en estos años un complejo, particular e intransferible sistema protocolario, unas cortes de Taifas, ayuntamientos incluídos, que se multiplicaban por ene las ya numerosas y difíciles etiquetas de Estado. Es más, la mayor parte de los actuales y agudos conflictos diarios del Gobierno central, sobre todo del saliente, con los gobiernos de la periferia se pueden leer e interpretar en última instancia como conflictos estrictamente protocolarios. Quién recibe a quién y cuándo, dónde situarse en la inauguraciones, cómo sentar en las cenas a las invisibles esposas autonómicas o las mediáticas amantes gubernamentales, qué tratamientos hay que emplear para no generar agravios de Estado, dónde y cómo colocar en las mesas a la poca sociedad civil que ha sido invitada al sarao; qué se yo cuantas meteduras de pata posibles.

Menos mal, ya digo, que hemos sido capaces de edificar esta sólida industria del protocolo, la única verdaderamente estatal. Al margen de la cantidad de puestos de trabajo que proporciona, y muy estables, no quiero imaginar como estaría en estos momentos el muy enrarecido patio autonómico si los españoles no nos hubiésemos puesto de acuerdo en respetar las distintas etiquetas por las que se rige el país.

Lo curioso es que los verdaderos autores del protocolo español han sido los socialistas y en ningún caso la derecha, que tenía un modelo de etiqueta impresentable para los nuevos tiempos a pesar del esfuerzo que hicieron los hijos de san Josemaría Escrivá por inventar el nuevo protocolo fascista por expresa decisión del fundador; que en 1938, cuando estaba instalado en Burgos, en el hotel Sabadell, ya estaba preocupado por los ceremoniales del futuro Estado franquista al tiempo que redactaba los últimos capítulos de Camino. Pero tuvieron que llegar los socialistas, ya digo, para remediar esta laguna de la transición. Unos chicos que aterrizaron en el poder sin la mínima preparación en la materia de ceremonial cortesano y en vaqueros, y cuya máxima hazaña en asuntos de etiqueta mundana consistía en aquello que siempre recomendaban nuestras madres: nunca combinar la corbata de rayas con la camisa a cuadros. Sin ellos, este milagro no hubiera sido posible y son ellos los que están en el origen de la impecable industria del protocolo que regirá los fastos del 22-M, aunque en su mayor parte no estén invitados.

¿Quiere decir esto que por fin España se ha convertido en un país educado, donde las virtudes de la polis, la politesse, han arraigado? Quiere decir todo lo contrario. Este refinamiento de un protocolo español que no deja nada al azar; que sabe sentar a cada uno en su sitio, es justo la contrafigura geométrica de un país profunda y arraigadamente maleducado, como podemos comprobar cada día en las tertulias de la radio, los debates rosa de la tele, la prensa amarilla de inspiración neoliberal, incluso monárquica, y por las aceras y las calles de la ciudad. Entre las numerosas revoluciones que tenemos pendientes, casi todas pendientes de la fallida Ilustración, está la revolución civil de la politesse, esa pequeña virtud, como decía Montaigne, que permite hacer grandes cosas. Habrá que esperar a que el milagro del protocolo español contagie a todos los que han sido invitados a la boda.

 

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