La civilización como modelo de vida en el Madrid del siglo XVIII. II.

Los cambios de los usos y costumbres de la ciudad de Madrid.

CSIC. Madrid.

 

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La civilización como modelo de vida en el Madrid del siglo XVIII.

Es obvio que Maravall, que hace estas reflexiones al hilo del argumento
del sainete (que se desarrolla en una aldea), tiene razón, pero la disyuntiva ideológica que plantea y que ejemplifica con el binomio "ciudad/campo" se daba también en la propia ciudad. Si pocos años después de estrenar Ramón de la Cruz su sainete, la mayoría de los madrileños, en lo que se ha llamado el motín de Esquilache, se negó a dejar los grandes sombreros y sus largas capas fue por esa razón. Dentro de la ciudad existía, evidentemente, esa mentalidad arcaizante y defensiva de la que participaban elementos de todos los grupos sociales, y el mismo autor, desde su obra, deja constancia de ello, al tiempo que señala lo poco avanzado que está el proceso civilizador en la Corte: "supongo que en una aldea no es mucho falte lo que en la Corte no se encuentra" (1915: 97b); "aún está en paños menores de educación y de ciencias" (1915: 96a).

Es evidente que el público estaba al tanto de la polémica sobre esas formas de modernidad que se pretendían introducir -y por las que en general tomaba partido contrario-, ya que, de no ser así, un autor que basaba su supervivencia en la aceptación de sus obras, no la habría titulado de tal manera, arriesgándose a fracasar sin saber que habría una recepción adecuada (Escobar (1984) al contextualizar el estreno del saínete mostró la polémica existente ese año 1763 entre los periódicos El Pensador (progresista) y El escritor sin título (conservador), respecto de si "España estaba por civilizar". Ecos de la polémica se encuentran en la obrita: "Toda esta tierra está por civilizar" (1915: 95b); "Si es defecto natural (según dicen malas lenguas) de toda España, por qué extrañáis que en una aldea falte?" (1915: 95b).).

El sainete pasa revista a una serie de tópicos centrales de la conducta moral, de la ideología y de las relaciones de los madrileños -que son los modernos-, frente a las costumbres que mantienen los payos de la aldea (Payo era tanto el castellano de cerca de Madrid, como el andaluz (Caro Baroja 1980: 24).). La idea según la cual lo esencial de las naciones está en las clases bajas y populares, no es romántica; nace en el Siglo de las Luces, y así, en esos aldeanos ideales, "resplandecen las ideas de religión, verdad, aplicación e inocencia" (1915: 95b), características del ser nacional que amenazan los madrileños modernos. Su lenguaje, el de los aldeanos, es radicalmente distinto del de aquellos ciudadanos que van a civilizarlos; su ropa es diferente, hasta el punto de indicar uno de ellos al ver a unas majas y un abate: "no entiendo la vestimenta" (98a).

Las nuevas leyes urbanas civilizadoras serán leyes torcidas, algunas de ellas sobre todo porque alteran la relación entre los sexos. El famoso cortejo tiene su espacio en los versos, pero sobre todo se extiende más Ramón de la Cruz en anotar los cambios que permitían a la mujer de ciudad una vida más libre, que se manifiesta en que puede asomarse "sin celosía a la reja", "andar sola por la calle", "tocar la mano de un hombre" (98b) en la escalera oscura para no caerse. Toda una enumeración de "rarezas del siglo pasado" que se han olvidado y por las que algunos aldeanos protestan con escándalo, lo cual callará el marqués civilizador pidiendo que "no se meta(n) en moralizar asuntos" (99a).

El espacio que Cruz dedica a los cambios en las relaciones entre hombres y mujeres es amplio, y en él opone claramente dos modelos de conducta femenina. Por un lado, el de las que toman partido por lo nuevo; por otro, el de las que guardan las tradiciones y piden permiso a sus maridos para bailar, cantar o realizar cualquier acción: "como mi marido quiera, yo bailaré alguna cosa", a lo que responde la petimetra: "El pedir esas licencias se ha mandado recoger".

No se hace esperar la réplica del marido: "será entre gente suelta" (99a). Si Cruz dedica tanta atención a este aspecto es por la importancia que tenía la mujer en el proyecto reformador y porque de su aceptación o no de las novedades dependía gran parte del cambio de la sociedad. La mujer era uno de los pilares de esa reforma, hasta el punto de señalar Nifo en su traducción de El amigo de las mujeres que el trato de la mujer civiliza al hombre ("Si viviéramos apartados de las mujeres, seríamos absolutamente diferentes de lo que somos. El cuidado que ponemos en adquirir sus favores, civiliza y endulza aquel tono adusto (de los hombres)" (1763: 12).).

Sin embargo, Ramón de la Cruz intenta contrarrestar este proceso de "afeminamiento" que se daba en los hombres de Madrid y otras ciudades, producido por el trato continuado con mujeres, en lugares y espacios que hasta entonces estuvieron vedados al varón. De esta necesaria separación, de cuáles eran los espacios públicos y privados de unos y otras y de cuáles y cómo habían de ser las relaciones en ellos, queda constancia también en su sainete -de las botillerías, por ejemplo, dice una serie de cosas, para acabar su demonización indicando que "allí van mujeres y hombres, y dicen que se refrescan; y hay unos lances ¡qué lances! ¡Dios nos libre y nos defienda!" (1915: 100a)-; pero en los textos que denuncian la vida en tertulias y en los tratados de civilización que entonces se traducen y publican quedan las huellas de los cambios que paulatinamente se estaban dando en esos espacios y en las maneras.

Alteraciones que se manifestaban también en la disposición y adorno de las casas, en las zonas de éstas que se dedicaban a la vida familiar (privada) y a la de sociedad, y, por supuesto, en las decoraciones: muebles, tapices, adornos. Concha Herrero (1996: 81-82) indica que ese cambio, que se dio primero en los palacios y residencias reales, se reflejó así mismo en las casas de nobles y cortesanos, que venden, desde mediados de siglo, "los muebles antiguos a los prenderos y destierran de toda la casa lo que tenga el más leve resabio de añejo", como señala en 1760 Nifo desde el Cajón de sastre (tomo IV: 77- 78).

Los cambios indican el paso de las modas, pero las reflexiones, siempre un poco exageradas, sobre éstas y el lujo ponen de relieve la complejidad del momento, pues lo nuevo impone un ritmo y la consideración del pasado como cosa antigua, aunque antiguo y pasado podía ser algo relativamente reciente, como se lee en El Censor del 15 de enero de 1784, donde se acuña el término "anticuación" para referirse al momento en que las novedades se quedan viejas: "se tendrá cuidado particular en avisar el día de su anticuación" (1784: 150), escribe P.H. Como consecuencia de esta variación del gusto, de considerar antiguas unas formas decorativas, se dio un aluvión de ventas de esos objetos.

Los encargados de velar por la moral han visto siempre como una amenaza cualquier cambio, cambios que a menudo suponían una pérdida de su poder y una cesión de éste a sectores que habitualmente eran "inocentes" como los aldeanos que el marqués quiere civilizar. Cuando el de Esquilache quiso acortar las capas y cambiar los sombreros, por razones tanto de higiene como de policía, sus contrarios políticos -nobleza española tradicionalista partidaria de no cambiar la política fiscal que él abanderaba y que veía disminuir su intervención en el gobierno- movilizaron a las masas calificando al marqués de antiespañol y sus reformas de no cristianas, incluso, como tenía importantes negocios, le acusaron de judío. Lo mismo había de suceder con muchas otras normas que intentaban regular la vida social y económica (Sobre el motín, véase últimamente (Gelz: 1999).).

 

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