La cortesía como forma de participación social. VII

Los códigos de conducta de una sociedad determinada pueden ser asimilados en diverso grado por quienes la componen y con un estilo personal

Anuario Filosófico - Departamento de Filosofía de la Universidad de Navarra

 

Sociedad y cortesía. La cortesía como forma de participación social. Gente caminando Loïc Fürhoff - unsplash

Sociedad y cortesía

La cortesía como forma de participación social

Por ello, tanto la lengua como la cortesía se configuran como dos manifestaciones privilegiadas de la participación social, en el doble sentido que le hemos asignado. El individuo participa de la lengua en la medida en que la recibe de la comunidad en la que nace a la cultura, pero también participa en ella porque la emplea y -con su habla- contribuye a erosionarla o a perfeccionarla. Algo parecido sucede con la cortesía, cuya imagen contribuimos a fortalecer o debilitar -y también a esculpir o desfigurar- en todas y cada una de nuestras acciones cotidianas.

Por tal motivo, la cortesía -al igual que las lenguas- muestra una gran variabilidad, tanto externa como interna; esto es, hay múltiples formas de cortesía, pero además los códigos de conducta de una sociedad determinada pueden ser asimilados en diverso grado por quienes la componen y con un estilo personal. En el caso de una lengua, nos interesa el fenómeno del habla, que da origen a dialectos y a idiolectos, es decir, tanto a códigos lingüísticos que ciertas comunidades o grupos de hablantes adoptan como distintivos, como a formas de expresión personales, cuya manifestación más perfecta son los estilos literarios.

Los dialectos de la cortesía son las pautas de comportamiento propias de las comunidades particulares que se integran dentro de una sociedad más amplia. En cambio, cuando un individuo cultiva una apariencia llamativa, crea un idiolecto de la cortesía: una forma peculiar de practicarla, que puede estar en consonancia con los usos de su comunidad -entonces se le tiene por muy distinguido- o más bien los pone en cuestión. Es el caso del dandy y del snob, cuyo modo de proceder imitan en nuestro mundo -como estrategia de promoción mediante la provocación- algunos intelectuales y muchos de los "famosos". Éste es un fenómeno típico de las sociedades individualistas, muchos de cuyos miembros entienden que la originalidad -tanto la propia como la ajena- está por encima del respeto de las conveniencias.

Naturalmente, semejante actitud erosiona la cortesía, puesto que -como hemos advertido- la vigencia de los códigos sociales de conducta depende del consenso. Lo que más llama la atención en ella es, sin embargo, que pone en cuestión la existencia de normas generales y compartidas sobre tal materia. En el fondo de esta rebelión -similar al rechazo de la gramática y la ortografía en el ámbito de la lengua, pero mucho más extendida- hay que situar la convicción de que los códigos de conducta son convencionales y funcionan como signos de identidad de los diversos grupos sociales.

Quien acepta unos debe rechazar otros, y no es posible hallar una solución de compromiso, porque en las diversas formas de cortesía no subyace un fundamento común que haga posible el diálogo y permita alcanzar un consenso parcial. En la viva y reciente polémica sobre el uso del chador en la escuelas se han puesto de manifiesto con claridad -en mi opinión- dos de las consecuencias más perversas que se derivan de tal planteamiento: muchos de los partidarios de su uso se negaban a examinar críticamente la función y el significado del atuendo en cuestión y exigían que se respetase sin más consideraciones como signo de identidad cultural; muchos de los adversarios lo rechazaban por principio -en tanto que discriminatorio para las mujeres- sin pararse a analizar si en la cultura islámica sucede necesariamente tal cosa.

Ciertamente, no es fácil evitar el relativismo cultural extremo sin caer en la tentación de imponer las costumbres propias a los demás, y a la inversa. De lo que no cabe duda es de que no lo lograremos si no admitimos que los usos sociales pueden ser juzgados y valorados, tanto a la luz de principios de validez universal como de circunstancias de alcance particular. Sólo entonces la legítima y natural diferencia de costumbres será compatible con la dignidad humana y con un cierto cosmopolitismo. Tal es el modelo de cortesía que quedó reflejado en la Enciclopedia, en la cual se afirman las siguientes cosas:

"La civilité no designa lo mismo que la politesse, y no abarca sino una parte de ésta; consiste en una especie de miedo a ser considerado un hombre grosero cuando se falta a ella; es un paso para ser considerado poli. Por eso, en cuanto al uso del término, la politesse parece reservada a las gentes de la corte y de calidad; y la civilité a la personas de condición inferior, a la mayoría de los ciudadanos. [...]

Sin embargo, la civilité ceremoniosa es tan molesta e inútil cuanto inusual entre las gentes del monde. Las de la corte, agobiadas por sus negocios, levantaron sobre sus ruinas un edificio al que llaman politesse, que en la actualidad es la base, la moral de la buena educación, y que merece en consecuencia un artículo aparte. [...]

La civilité, tomada en el sentido que se le debe dar, tiene un valor real; considerada como el afán de mostrar respeto y consideración hacia los demás por causa de un sentimiento interior conforme con la razón, es una práctica de derecho natural, tanto más loable en la medida en que sea libre y esté bien fundada".

Y en otro lugar se añade: "Todo el mundo puede aprender la civilité, que no consiste sino en determinadas fórmulas y ciertas ceremonias arbitrarias, sujetas, como las lenguas, a los países y a las modas; pero la politesse no se aprende en absoluto sin una disposición natural, que a decir verdad es necesario perfeccionar mediante la instrucción y la experiencia del mundo.

Pertenece a todas las épocas y a todos los países. Ideas similares aparecen en un manual de cortesía muy posterior: "La urbanidad es más rudimentaria; la cortesía, más perfecta y esmerada. En cuanto al buen tono, es ya una cortesía convencional y sujeta al capricho de la moda, la cual impone ciertas modificaciones de que no es dado estén enteradas el común de las gentes".

En los textos citados se distinguen dos formas de cortesía diversas pero complementarias. Por un lado está la civilité, que incluye las normas cuyo objetivo es evitar las fricciones en el trato cotidiano y no son difíciles de aprender si se tiene buena voluntad. Aunque tales normas varían en las distintas sociedades, deberían fundarse en el respeto a la dignidad de los seres humanos. La politesse abarca, sin embargo, la parte de la cortesía vinculada al gusto, al tacto y a la distinción, que sólo se adquieren tras una prolongada experiencia de la vida social.

Por otro lado, no resulta descabellado concebir la civilité como una especie de gramática del trato social, que dicta reglas precisas de actuación, y la politesse como un saber retórico con un alto componente creativo. Podría pensarse que esta parte de la cortesía es aún más arbitraria que la anterior, y existe el peligro de que lo sea, porque sus normas no pueden deducirse con tanta claridad de principios generales. De ahí que puedan crearse códigos artificiales de politesse con el objeto de dificultar la movilidad social, como sucedía en las cortes absolutistas o en la sociedad burguesa del siglo XIX. Ahora bien, la verdadera politesse, en lugar de levantar barreras, debería distinguirse por su talante universalista y convertir a quien la posee en un hombre de mundo, capaz de convivir y dialogar con hombres de diversas culturas.

Naturalmente, es difícil hacer realidad esa aspiración a crear una especie de lenguaje social común -es decir, una cortesía universal-, pero la globalización y el multiculturalismo típicos de nuestra época parecen exigirlo. Por otra parte, habría que plantearse si tal lenguaje no ha existido siempre entre algunos hombres de cultura, cuyas relaciones han llegado a ser extraordinariamente fluidas a pesar de proceder de civilizaciones muy diferentes.

Sea como sea, creo que lo esencial es en este terreno la capacidad de las personas para captar la lógica de la convivencia social y adaptarse a su dinámica, siempre que no vaya en perjuicio de valores morales universales. Ésta es -a mi juicio- una de las posibles derivaciones de la sorprendente distinción aristotélica [Política, 1276b-1277a] entre la virtud del hombre bueno y la virtud del buen ciudadano. En efecto, si la sociabilidad del hombre es natural, la virtud de cada individuo deberá estar modulada por el entorno que le rodea, y el hombre bueno habrá de ser buen ciudadano; esto es, tendrá que acertar a ser bueno en una determinada sociedad.

Dando un paso más, ¿no será entonces más virtuoso el que es capaz de ser bueno en diferentes sociedades? Y para lograr tal objetivo, no cabe duda de que necesitará esa guía de participación social -en parte universal y en parte contingente- que es la cortesía. Así, volviendo de nuevo al paralelismo entre lenguaje y cortesía, resulta que, del mismo modo que un hombre culto lo es en mayor grado si son muchos los idiomas que le son familiares, también lo es cuando sabe desenvolverse en multitud de civilizaciones.

En apariencia, lo anterior avala la tesis de la extrema diversidad de los usos sociales, que serían tan variables como las lenguas. Me inclino, sin embargo, a pensar que es más sencillo definir rasgos comunes en lo relativo a los códigos de cortesía que en el caso de las lenguas, porque la estructura de los primeros es más homogénea que la de las segundas. En efecto, mientras que la gramática de las lenguas parece irreductible a normas universales, a pesar de los experimentos de Chomsky, las reglas de los códigos sociales de conducta tienen como fondo común las operaciones mentales propias del cálculo retórico, que son relativamente simples. Y es que la complejidad del saber retórico no se deriva tanto de su naturaleza, como de la variabilidad de las situaciones en las que hay que servirse de él.

Así, de acuerdo con lo que se expone en un pasaje del Fedro [271a-272b] platónico, al planificar un discurso hay que tomar en consideración tres aspectos: el "psicológico" -a qué persona va dirigido-; el aspecto "material" -lo que conviene decirle-; y el "formal": qué palabras son las más apropiadas. Ahora bien, este modo de razonar, válido para el discurso lingüístico, lo es también para el discurso de los actos, si bien en este segundo caso el elemento "material" tiene que ver con cuál es la acción recta, y el "formal" con el modo de ponerla en práctica. Pues bien, dado que el lenguaje de los actos es menos arbitrario y más directo que el de las palabras, puesto que en él no hay propiamente "lenguas", cabe pensar que la cortesía es menos variable que la gramática.

Ello no debería llevarnos a negar la variabilidad de los usos sociales, pero sí a reconocer que en ellos subyacen mecanismos de interacción relativamente homogéneos, a partir de los cuales los individuos elaboran por experiencia una especie de gramática universal de la sociabilidad. Eso explicaría un hecho que la historia de ciertas naciones parece poner de manifiesto: qué si los interesados actúan con criterios racionales y buena voluntad, es mucho más fácil garantizar la convivencia multicultural que crear una sociedad multilingüe. O dicho de una manera más clara, es mucho más fácil para un español no ofender -e incluso tratar bien- a un japonés, que hablarle en su lengua materna. Claro que, para lograr tal cosa, hay que cimentar los dos pilares en los que ha de basarse necesariamente todo posible consenso: una idea del hombre y determinados valores morales compartidos en cierto grado por los interlocutores sociales. De la robustez de tales pilares, que puede ser muy variable, dependerá la amplitud y la solidez de dicho consenso. Cuando no existan, como por desgracia suele suceder en nuestra moderna sociedad individualista, el diálogo resultará imposible o infructuoso.

 

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