La urbanidad en crisis.

El trato cortés y considerado en nada disminuye la personalidad ni la jerarquía de mando de quien las ostenta

Diario El Mercurio

 

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Mal comportamiento. ¿La urbanidad en crisis?

"El trato cortés y considerado en nada disminuye la personalidad ni la jerarquía de mando de quien las ostenta".

Iniciamos esta nota parafraseando un poco a uno de los cultores más conspicuos y recordados del habla hispana en el continente americano por su producción literaria de orden pedagógico en favor de las buenas maneras, como fue Manuel Antonio Carreño (1812-1874, Caracas Venezuela), quien nos dejó en su famoso " Manual de urbanidad y buenas maneras ", las formas de conducirnos en los diferentes grados del convivir social, desde cuando se empieza a tener uso de razón hasta llegar al más encumbrado sitial que un ser humano pueda alcanzar.

Y en la actualidad resulta un fenómeno contraproducente y negativo, que desdice en gran medida la obra de Carreño, al comprobar que ese comportamiento irrespetuoso, ese áspero y grosero hablar, nos esté llegando, precisamente, desde el país donde nació tan preclaro autor, indirectamente divulgado por el actual mandatario venezolano cuyo modelo político quiere imponer, y su trato para quien no simpatiza con sus ideas, incluye un lenguaje nada apropiado ni acorde con las normas que dejara su compatriota Carreño y, para desventura del bien decir, se está copiando esa tosca manera de expresarse en otros países, incluido el Ecuador, con el agravante de ser el primer ciudadano de la patria quien endilga algunos epítetos no apropiados en el léxico de un presidente.

No es que en nuestro país seamos un ejemplo ni cultores de buenos modales, pero es preocupante en estos tiempos constatar que hay una corriente de incultura en el lenguaje, en el decir, que está convirtiendo a una gran parte de la sociedad en elementos inciviles, malcriados, altaneros e intolerantes ciudadanos, como si, usando un lenguaje por demás descortés -por decir lo menos- no pudieran estar seguros que sus opiniones, sus órdenes o sus decretos tengan efectos de obediencias o de ser cumplidos.

Hace algunas semanas en la sección cartas, de El Universo, un caballero de 3ª edad hacía conocer cómo una "dama" que manejaba tras de su coche sacó la cabeza por la ventana y lo llenó de insultos porque no avanzaba rápido, sin tomar en cuenta que él tenía delante la fila continua de vehículos. Tal parece que se duda de la propia personalidad y se recurre a una terminología áspera y ordinaria para conseguir aceptación u obediencia en lo que se ordena y tenga efecto de cumplimiento sin importarles pisotear la dignidad ajena.

Pareciera, además, que para un gran número de ciudadanos... y ciudadanas, el buen trato, el tono agradable y conciliador no cohabita con la rigidez en que se enmarca una voluntad y norma disciplinaria, y recurren al vituperio como fórmula de rubricar esa voluntad en el común hablar, como cuando un instructor o técnico de fútbol insultaba de la peor manera a los jugadores en los entrenamientos hace algunos años atrás, y no sabemos si todavía persiste ese trato para los subordinados de ciertos grupos; pero no es extraño ver que cierto público hasta se solaza oyendo y leyendo las groserías, especialmente, si van en contra de personajes encumbrados, pues, entre más importante sea el personaje insultado o vapuleado con expresiones de encono, más parece gozar y aplaudir, colocándose en una posición que raya sádicamente en niveles de vilipendio y deshonra desde todo punto de vista, carente de consideración y hasta de autovaloración.

Se nota con frecuencia que en la generación moderna hay una tendencia a construirse su propia vida, a forjarse su propio camino, lo cual es plausible, lo malo ocurre cuando se empieza a soslayar el afecto de los abuelos y hasta de los padres, no obstante necesitar de sus recursos y de sus consejos para lograr su independencia. En este punto está bien aspirar propios logros porque es necesario que cada quien organice su vida y su futuro; lo malo está en tratar de abrirse camino con una especie de malsano orgullo como para demostrar que se llegará más alto que los mayores, cimentándose con ello, un egoísta comportamiento que podría ser catalogado como el inicio del desbande generacional con la consecuente pérdida de amor y de respeto a los mayores y, análogamente, el sentido de arraigo y de pertenencia.

Hace poco en esta misma columna hacíamos referencia de la pérdida del respeto y esbozábamos qué hacer para su recuperación. Hoy nos atrevemos a sugerir que es necesario, no solo actualizar e incluir en los textos de la educación las enseñanzas de Carreño o de cualquier otro autor consagrado, si no, llegar también hasta los hogares mediante charlas en centros comunitarios; en organizaciones gremiales y de clubes particulares, donde se expongan temas de Genealogía y ciencias afines como la Heráldica y la Historia, descollando la importancia de la descendencia con respecto a los ascendientes o antepasados y la veneración que se debe a quienes dieron origen al apellido que se lleva, cuando esos predecesores han tenido una límpida trayectoria, como inicio de un proceso de reinstituir el respeto a los padres y más antepasados, que de allí derivará no solo el respeto a los demás, si no, el amor cívico a la patria, a sus símbolos y, sobre todo, la autovaloración personal para que nadie nos "señale con el dedo", y entonces sí, habremos empezado a ser ciudadanos más respetuosos y respetados, más honestos y solidarios, y estaremos arrancando de raíz la corrupción.

 

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