La civilización como modelo de vida en el Madrid del siglo XVIII. V.

Los cambios de los usos y costumbres de la ciudad de Madrid.

CSIC. Madrid.

 

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La civilización como modelo de vida en el Madrid del siglo XVIII.

Del mismo modo que Espinosa y Brun, el valenciano Sempere traza una pintura negativa de la vida, al suponer que los nuevos valores se asientan en bases superficiales, para llegar a su expresión más aciaga cuando escribe:

En cuanto a las costumbres, todavía es mayor la dificultad de decidir cuando han estado más corrompidas. Quien lee la historia con reflexión encuentra que en todos tiempos han sido los hombres generalmente malos, injustos, destemplados, inmodestos; que su propia conveniencia ha sido el ídolo a quien han sacrificado sus afanes; y que los justos y virtuosos siempre han sido muy pocos, comparados con el resto de los demás. Pero se advierte esta diferencia, que en los siglos que llaman bárbaros, los hombres han sido malos sin rebozo y sin detenerse en paliar con los bellos nombres de decencia y civilidad los vicios y desórdenes. En los siglos cultos e ilustrados se dora la maldad, se encubre y, lo que es peor, se levantan talentos atrevidos, espíritus fuertes, que trastornando los más sólidos fundamentos de la moral y con una elocuencia brillante y seductora, no solamente desfiguran los vicios, pintándolos menos feos y abominables, sino que los canonizan temerariamente, colocándolos en el solio debido únicamente a la virtud (179).

Es la hipocresía, el parecer frente al ser. En el discurso de quienes están contra las novedades y los cambios, la civilización, las normas de conducta, se interpretan como formas de hipocresía y disimulo que amparan comportamientos rechazables. En las cortes, escribe Fray Francisco Tizón, se practica la falsa urbanidad "y son más fuertes los incitativos para la simulación, la hipocresía y adulación" (En la censura, sin paginar, de la obra de Ignacio Benito Avalle, La urbanidad y cortesía universal.).

En esas cortes hay unas figuras nuevas, peligrosas como todo lo nuevo, que, además, teorizan ese comportamiento y viven de manera poco ejemplar. Figuras que a veces en tertulias y reuniones, desde los periódicos y en los cafés, exponen opiniones contrarias a la moral tradicional, que pueden cuestionar los valores y que ellos mismos son, por sus maneras desenvueltas y frivolas, malos ejemplos para la sociedad. Solían ser jóvenes, no respetaban los criterios de autoridad y leían otras cosas. Estos personajes, que predicaban en los lugares señalados, eran los "espíritus fuertes". Es obvio que en épocas anteriores existieron enfrentamientos entre lo antiguo y lo moderno, pero en los años del siglo XVIII este enfrentamiento adquiere unos tintes especiales porque tiende más a romper con un mundo que se ve como caduco, mientras que en las épocas precedentes la pugna no cuestiona del mismo modo el sistema y tiende a ponerlo al día. La autenticidad en las conductas a la que se refería Sempere no parece ponerse en cuestión entonces, y sí ahora, cuando a las normas de educación se le llama disimulo, y cuando los valores que rigen la conducta del hombre van dejando de ser abstractos y generales para adecuarse a las necesidades e intereses de las circunstancias, del aquí y ahora.

El "esprit fort" francés es el filósofo, el que hace avanzar la sociedad porque piensa, prueba, desmonta tópicos y ejecuta. No es un hombre especialmente erudito, pero sí tiene capacidad de pensamiento y argumentación, y valora la opinión y el juicio por encima de los conocimientos mostrencos. El "espíritu fuerte" es por definición crítico. A esta figura, netamente urbana, de la que nos han dejado numerosos retratos burlescos, se le llamó de muchas maneras. La más conocida, "erudito a la violeta", y sus valores no eran los del respeto a las canas y a las autoridades, sino otros que tenían que ver con la apariencia (cuidaban mucho su imagen), con lo superficial (restaban importancia a lo hasta entonces esencial) y, como señalé antes, daban prioridad al trato femenino. "Los siglos cultos e ilustrados", como llama Sempere al suyo, causan todo tipo de trastornos del orden, porque, "empezando por la educación doméstica, que es la basa de las buenas costumbres y de las virtudes sociales, apenas queda una sombra del respeto, recato y recogimiento con que se criaban los hijos, y de la fidelidad de las mujeres a sus maridos" (183).

Si el "espíritu fuerte" o el "bel esprit" se mostraba y afianzaba en tertulias, salones y paseos, encontraba fuerte rechazo en otros escenarios. Terreros incorporó ese sentir generalizado a su Diccionario castellano (1786), al parecer compuesto entre 1745 y 1765, cuando definía así la expresión bello espíritu, en la que distingue los aspectos positivos y negativos de la figura, que son los nuevos, algunos de los cuales expone también Sempere al referirse a esta novedad social:

es del término francés bel esprit, y se toma en dos partes diversas: lo primero, significa un hombre o entendimiento que piensa con brillantez, sin que le falte la solidez y buen juicio, y así viene a ser lo mismo que agudo, ingenioso, entendido; lo segundo, se toma en la mala parte, por un hombre de falso brillante, vano, jactancioso y afectado, o agudo sin solidez, de modo que se aparta de la verdadera agudeza, que nunca podrá estar sin ser sólida.

Esta figura era además una agresión a la Iglesia y a los valores que propugnaba la fe católica puesto que, en contra de lo aconsejado por ésta, hacía ostentación de sus conocimientos y de su capacidad de pensamiento, es decir, cometía pecado de orgullo.

En esta época se asiste a la elaboración de un discurso, tanto de la modernidad como de la reacción, que se consolidará en los años finales del siglo, cuando las actitudes ante la Revolución Francesa, la Guerra de la Independencia y las Cortes de Cádiz fuercen el enfrentamiento de ambas facciones, aunque no siempre las posturas o las oposiciones fueran excluyentes. Precisamente, coincidiendo con los años de la Revolución, el liberal León de Arroyal señalaba que "la civilización general" inundaba insensiblemente las costumbres, a pesar de "los estorbos que a cada paso halla en la barbarie". Y, si Ramón de la Cruz había indicado que la civilización era la causa de la degeneración de la sociedad, Arroyal entendía lo contrario: "la civilización de los pueblos [es] causa principal de su opulencia" (1971: 154, 165).

Progreso y modernidad son palabras sinónimas en esos años y ponen de relieve el carácter centralista y unificador de la Ilustración que se manifiesta en el concepto de civilización, que es un modelo de vida.

La civilización, que irradia de determinados centros ideológicos y de poder, pretende acabar con las diferencias, con las formas antiguas, desde su fe en su capacidad para transformar la realidad. De hecho el plural "civilizaciones" sólo se admite entrado el siglo XIX, indicando ya la fragmentación del universalismo ilustrado. Para ese momento del siglo nos encontraremos ante la vivencia amarga, romántica, de la modernidad. En coherencia con este planteamiento, esa capacidad para cambiar el mundo está detrás de la enorme importancia que se da al aspecto exterior.

El hombre moderno ilustrado, con su fe en el progreso y en la civilización, no acepta pasivamente la realidad y cree que puede cambiarla.

El Madrid de la segunda mitad del siglo XVIII fue un campo de pruebas en el que se llevó o se intentó llevar a cabo ese proceso de civilización que, con distintas velocidades, implantaba una nueva sociedad en Europa, cuyos criterios de valoración se basaban cada vez más en factores profesionales. Fumar tabaco frente a tomar rapé, preferir el chocolate al té o al café, ser manólo o petimetre, aceptar o no los periódicos y nuevos lugares de sociabilidad, usar sombrerito o mantilla, preferir el brasero o la chimenea, no fueron simples anécdotas que contar hoy; tras esas elecciones, que se seguirán planteando de forma conflictiva en el Romanticismo, había una carga ideológica, una postura ante los cambios civilizadores y una opinión política que trascendía una apuesta vital.

 

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