Señoras y señores

Tratemos de determinar cuáles son las normas consuetudinarias que rigen hoy el comportamiento de la mujer y sus relaciones con el otro sexo

Revista Triunfo. 1981.

 

Señora. Señora en el jardín con su perro. Tilemahos Efthimiadis

Señoras y señores. La mujer y su relación con la sociedad

Aquella urbanidad

"La mujer encierra en su ser todo lo que hay de más bello e interesante en la naturaleza humana; y esencialmente dispuesta a la virtud por su conformación física y moral, en su corazón encuentran digna morada las más eminentes cualidades. Pero la naturaleza no les ha concedido este privilegio sino a cambio de grandes privaciones y sacrificios. Y si aparecen en ella con mayor realce y brillo las dotes de una buena educación, de la misma manera resaltan en todos sus actos, como la más leve mancha en el cristal, hasta aquellos defectos insignificantes que en el hombre pudieran alguna vez pasar desapercibidos".

Tomo esta cita de una obra de principios de siglo, "El Compendio del Manual de Urbanidad y Buenas Maneras " de Don Manuel Antonio Carreño. Pero no ha sido en verdad trabajoso para mí encontrar la formulación de este principio que atribuye a la mujer la máxima responsabilidad en cuanto a la buena educación. Unánime es en esto la opinión de los autores y así, vemos resplandecer esta verdad en obras que tanta influencia tuvieron en su tiempo como "Flora o la educación de una niña", de doña Pilar Pascual de Sanjuán, aprobada para texto en 1888; "La Ciencia de la Mujer al alcance de las niñas", editada en Madrid, en 1885, o en ese monumento de la urbanidad y la ciencia femenina que lleva por título "Almacén de las señoritas", obra escrita en forma de diálogo por la Sra. Dña. E. Serrano de Wilson en 1872.

Y yo me pregunto, ¿qué dirían estos autores y autoras, y cuál no sería su escándalo si levantaran la cabeza y vieran en qué ha venido a parar su sabia enseñanza? No otro, en efecto, es el mal del siglo sino la licencia que vemos en la conducta de la mujer. Mas de poco sirve que nos lamentemos de que la más bella, dulce y débil mitad del género humano, como define la eximia urbanóloga doña Carmen Costas al sexo femenino, haya dejado de ser el espejo de virtudes que le proponía la urbanidad clásica, hija de la moral. Abandonando la queja por los excesos del siglo, que hace del manual un código por definición incumplido, tratemos de determinar cuáles son las normas consuetudinarias que rigen hoy el comportamiento de la mujer y sus relaciones con el otro sexo.

La urbanidad es siempre el arte de la simulación y si la urbanidad tradicional consistía en disimular las inclinaciones, la urbanidad moderna parece basarse en el deseo de disimular la "virtud" que venía impuesta por las normas tradicionales. Lo que en otro tiempo hubiese sido apreciado en la mujer como delicada flor de honestidad, aparecerá hoy como impresentable "estrechez". Desplegar en sociedad la bandera de la pureza, en otro tiempo tan estimada, es visto como una improcedente alarde. Una señora puede e incluso debe ser "decente" pero decirlo o darlo a entender en demasía la descalifica a los ojos de la sociedad bien educada. Por ejemplo, el gesto de bajarse continuamente la falda para ocultar las rodillas o la insistente inspección del propio escote se considera hoy de un insufrible mal gusto.

En los modernos "salones" que ya no son tales se observa de qué sutiles maneras cohonesta la mujer de hoy la existencia del pudor con la necesidad social de no parece en ningún momento como una fortaleza de virtud. Lo elegante es un cierto abandono que permita hacer pensar que puede ocurrir cualquier cosa, una facilidad de trato lo más alejada posible del "antes morir que pecar" clásico que un caballero moderno nunca jamás confundirá con una insinuación pero que muy bien podría invitar a "propasarse" al ciudadano educado en la vieja urbanidad.

Las modernas no se sorprenden ya de ser besadas y tocadas por los que las saludan. Es una costumbre establecida que tiene su límite en el extremo a que trata de llegar el hombre al que en el lenguaje femenino se conoce como el "tocón". Al "tocón" no se le rechaza como antes con in sobresalto o un respingo o con frases rurales del tipo de las de "las manos quietas, que luego van al pan". Al tocón se le congela más bien con una impertérrita, fría y paralizante pasividad que, si no es completamente insensible, le hará comprender lo insensato de sus pretensiones.

El tocón pertenece en realidad a un género de hombre que ya no se lleva. Con la virtuosa, remilgosa y parapetada mujer fue desapareciendo también en España el macho ibérico, una especie que, si aun existe y está muy presente en la sociedad española, no por ello dejar de ser una reliquia del pasado. Su apogeo se puede fijar en los años 40 y 50 y en los 60 su decadencia. La agresividad sexual del macho ibérico, la cruda urgencia que le inflama es una consecuencia del viejo manual de urbanidad, durante tanto tiempo confundido con el compendio de moral, que hacía de la mujer un ser insaciable.

 

Nota

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