La buena madre y la educación de los hijos.

Una madre debe procurar la mejor educación para sus hijos, ser cariñosa con ellos.

Reflexiones sobre las costumbres. 1818.

 

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La buena madre y la educación de los hijos.

Nadie había en la ciudad que no hablara con gusto de Doña A.A., la hija de Doña F.F., ¡Qué ojos tan hermosos! pero ¡qué honestos! ¡Qué fisonomía tan agradable! ¡qué sonrisa tan dulce! Ella es hermosa como la diosa del amor. Pero ¡qué hermosura tan grave! En su majestad es semejante a la diosa de las ciencias. ¡Y qué conversación tan amena y encantadora! Las gracias parece que le pongan las palabras en los labios, para que las profiera con esa melodía que tiene a todos pendientes; en fin toda es a tu madre. Esta era la voz común.

En efecto, su madre era la mujer más perfecta que se conocía, y había empleado todos sus cuidados en su hija que fuera un fiel retrato suyo. Dueña de sí misma, lo era de sus palabras, de sus acciones, de sus movimientos; de manera que jamás se observaba en ella el más leve descuido que pudiera ofender a ninguno de cuantos tenían el gusto de tratarla.

La primera máxima que procuró fijar en el corazón de su hija, fue aquella tan célebre como antigua, que se veía, grabada en el frontispicio del famoso templo de Apolo: " conócete a tí mismo ". Acostumbrábala a que se recogiese en lo íntimo de su conciencia, y examinase con exactitud sus pasiones, sus costumbres y sus inclinaciones, y el imperio que tenían sobre su corazón, para contenerlas dentro sus límites; hacíala que guardase con cautela su espíritu; para que no lo entregara a vanas curiosidades; que emplease el tiempo con utilidad; y que ea todas sus obras se propusiera siempre un fin recto. Con estos conocimientos contemplaba la condición de su dignidad, y vino a persuadirse que la modestia es uno de los más preciosos ornamentos de las mujeres; y que por bellas que sean, perderá la beldad mucho de su mérito, si no va cubierta con el gracioso velo de la modestia.

Hacíala que repartiese el tiempo en la lectura y en la labor. Los libros que le proporcionaba eran castellanos, de los más bien escritos, y de buena moral; para que al paso que le sirvieran de mejorar las costumbres, le sirvieran también de adiestrarse en la pureza y cultura del lenguage; por eso hablaba con tanta gracia y primor, que podía reputarse en el habla castellana, como estaban reputadas en la latina las Cornelias y las Lelias, las Mucias y las Licinias,

En cuanto a la labor la hizo ejercitar de manera que jamás estrenó vestido ni traje alguno que no fuera hecho de su propia mano, y le ponía muchas veces por ejemplo a la Reins Isabel, la cual se gloriaba de que su esposo Fernando el Católico no había jamás vestido lienzo que no fuese hilado y tejido de sus manos. Pero nunca le permitió que se entregara a ese lujo furioso que empobrece y destruye las familias, ni a las caprichosas modas de su sexo. Dejábala vestir ricamente conforme a su alta calidad; pero siempre dentro de los límites prescritos por la modestia y la decencia.

Respecto a las visitas era tanta su vigilancia, que nadie pisaba los umbrales de su casa, que no fuera de conocida probidad; allí no se daban bailes, ni había mesas de juego, ni esas funciones que el lujo y la vanidad han inventado, y que solo sirven para arruinar las casas. Decía, que con el gasto que le debía ocasionar una función de esas socorría a una familia pobre; y añadía: "estoy bien cierta que no me arrepentiré jamás de esta obra de piedad; cuando de esas otras no tardaría mucho a llegarme el arrepentimiento".

¿Pues qué diversiones había en aquella casa? ¿No se le daba ningún desahogo a la pobre Doña A.A.? Sí: A.A. tocaba muy bien el clave, y cantaba perfectamente; y este era uno de sus divertimientos. Además, tenía un gabinete de historia natural muy curioso, y varias pajareras de las que A.A. cuidaba con el mayor gusto. Un excelente microscopio que sabía manejar con finura, le daba las mayores y más instructivas diversiones, observando las flores, los musgos, los insectos y todas aquellas variedades que ofrece en pequeño la rica naturaleza. ¡Qué diversiones! Estas no dejan en el alma aquella punta aguda y dolorosa que la tiene en una triste agitación, y la colman de crímenes, cuyo arrepentimiento suele llegar tarde, sino que dejan una conmoción dulce y tranquila, a quien ofrecía humildemente todos los tributos de respeto, de reconocimiento y amor.

¡Qué estudio más digno del hombre que el de la naturaleza! ¿Hay otro más delicioso ni que más le interese después del de la religión? Doña A.A. instruida en estas dos ciencias, era la joven más erudita, la más cristiana y la más amable que se conocía. iMadre feliz! tu hija es tu más bello ornamento.

 

Nota

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