Tarde sexta. No hacer mal a otro.

No hagas a otro lo que no quisieras que otro te hiciera a tí.

Lecciones de moral, virtud y urbanidad.

 

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Después de haber estado el padre cuatro días en la ciudad volvió al seno de su familia, por la cual fue recibido con el mayor entusiasmo y demostraciones de un cariño verdadero.

¡Placer incomparable, cuyo valor solo un buen padre de familia puede calcular!

El Padre. - Esta tarde, queridos hijos mios, nos hemos reunido un poco más temprano, porque pienso entreteneros largamente, bien que no tanto que os canse. Ya sabéis lo que el hombre debe a sus padres, a sus semejantes y a su patria; ahora es necesario que os diga algo de los principios que nacen de la máxima fundamental: "No hagas a otro lo que no quisieras que otro te hiciera a tí". ¿Qué entiendes tú por esto, Jacobito?

Jacobito. - Entiendo que no debo hacer a los otros lo que (si me lo hicieran a mí) pudiera perjudicarme, o darme pena. A mí no me gustaría que otro viniese a darme un bofetón, ni a quitarme los cuartos que me suele dar V. todos los domingos, ni que hablara mal de mí, ni tampoco me mortificara con alguna burla pesada; por consiguiente, no debo pegar a nadie, quitar nada a nadie, ni calumniar, ni mortificar a ninguno. ¿Es asi, papá?

El Padre. - Te has explicado muy bien, y los mismos ejemplos que has presentado servirán para dividir el asunto que nos ocupa. Comencemos pues explicando qué se entiende por hacer mal en la persona de otro.

No ofender al prójimo en su persona.

Prosigue el Padre. - Hacer mal en la persona de otro es pegarle, herirle o matarle. Cualquiera de estas tres cosas es una verdadera brutalidad que degrada al hombre. Lo que suele conducirnos a cometer una acción tan indigna es la cólera; por esto, hijos mios, es muy importante tener siempre a raya las pasiones violentas; sobre todo en la juventud, es menester que nos esforcemos en contenerlas, porque una vez arraigado el hábito de encolerizarnos, es muy difícil destruirlo.

La cólera es un vicio que puede arrastrar fácilmente a los mayores crímenes. El hombre dominado de ella se transforma en un animal furioso, que nada ve; pega, hiere y mata al que se le opone. ¡Qué remordimientos debe sufrir este desgraciado al considerar a sangre fria la maldad producida por su loco arrebato! ¡Cómo teme que le persiga la justicia para que sirva de escarmiento a los que no saben dominar sus pasiones! Ya está viendo el cadalso sobre el cual deberá expiar su crimen. Pero aun cuando pueda evitar la justicia de los hombres, su conciencia le perseguirá de continuo; a cada instante tendrá delante de sí el cadáver de la desgraciada víctima de su furor. Oid el caso siguiente.

Alejandro, rey de Macedonia, que mereció el dictado de Grande por sus bellas prendas, no supo vencer siempre sus pasiones, y más de una vez marchitó el lustre de su gloria. Clito era su mejor amigo, y fue digno de este título tanto por su celo, como por haberle salvado la vida en un combate. Alejandro le quería como un verdadero amigo; pero un momento de furor le hizo olvidar su propia generosidad y la fidelidad de Clito. En un festín en que se hacia el elogio de Filipo, padre de Alejandro, este se atrevió a disputar la preeminencia, queriendo pasar por superior en mérito a su padre; vanidad, que no hubiera pasado de ser una ridiculez a no haber nacido en el corazón de un hijo. Clito tuvo la imprudencia de manifestar su desagrado; digo imprudencia, porque es inútil corregir a un hombre cuando se sabe que le ha de irritar la corrección. Acalorado con el vino, Alejandro se levantó, y amenazó a Clito; pero este severo cortesano continuó reprendiendo a su amigo.

El rey arrebatado de cólera corrió a él, y le atravesó con un puñal el pecho. Esta acción bárbara heló de espanto a todos los circunstantes; el mismo Alejandro se horrorizó al ver correr la sangre de su mejor amigo, y fuera de sí trató de dirigir contra su propio pecho el arma criminal; mas los que le rodeaban impidieron su designio. Teñido con la sangre de su amigo, se atrojó sobre el cadáver, le abrazó tiernamente, y no quiso oir nada de lo que le decían los cortesanos para consolarle. Así el rey más grande de su tiempo se hizo, por un solo movimiento de furor, el ser más miserable, y manchó para siempre su memoria.

Observad también, hijos míos, que Alejandro cometió este crimen en medio de un convite; que habia bebido más de lo regular, y que de haber estado sereno hubiera perdonado a Clito, como debemos inferir de muchos actos suyos de moderación. Ved a lo que se exponen los que se dan al vino, el cual además de excitar la cólera arruina la salud.

No quiero hablaros de los crímenes cometidos por una venganza largo tiempo meditada, o por el deseo de apoderarse de los bienes ajenos. El miserable que trata de vengarse matando, y el que asesina para despojar a su víctima son malvados que todo el género humano detesta, y que ordinariamente terminan su vida en el patíbulo. No hablemos más de semejantes monstruos; vuestras almas, demasiado puras, no se imaginan que puedan cometerse tales horrores.

Jacobito. - Papá, si viniese alguno a pegarme, o quitarme la vida, ¿tengo derecho de pegarle, y aun de matarle entonces?

El Padre. - En tal caso todo lo que hagas puede considerarse como una defensa justa; pero debes defenderte con menos violencia en tanto que no peligre tu vida. Evita cuanto puedas el dar golpes mortales, pues por más legítima que sea la defensa, es cosa cruel el recuerdo de haber causado la muerte a otro. Pero si no hay medio ninguno de salvar tu vida, en tal caso estás obligado a salvarte a todo trance, pues la ley natural nos manda que atendamos a nuestra propia conservación; y si es más justo que perezca el malvado que ataca, es también más útil a la sociedad que el hombre de bien se salve.

No perjudicar al prójimo en sus intereses.

Si no es permitido maltratar de obra ni de palabra al prójimo, tampoco se debe perjudicarle en sus bienes, ni intereses; fundado en lo que ya hemos dicho que no debemos hacer lo que no quisiéramos para nosotros. No me pararé en advertiros que es un crimen robar a otro su dinero, pues el solo nombre de ladrón os causa horror; pero sí os diré que hay muchas personas que no tienen escrúpulo de alzarse con algunas cosas de poco valor, persuadidas de que no son culpables. Pero sabed, hijos mios, que tan ladrón es el que roba poco como el que roba mucho; y se puede dar por regla segura que el que hurta una bagatela diciendo ¿qué pueden hacerme por esto? robaría más si supiera que no le había de suceder nada. El hombre de bien jamás toma nada contra la voluntad de su dueño, no por temor al castigo, sino poique sabe que es una acción reprensible.

Jacobito. - Según eso, papá, yo hice mal en quitarle a un muchacho de mi calle un cañoncito de bronce con su cureña.

El Padre. - Muy mal, y es preciso que se lo restituyas inmediatamente; y si lo has perdido, debes remunerarle con otra cosa que valga más, por el sentimiento que habrá tenido. ¿No hubieras llorado tú si te hubiera sucedido otro tanto? ¿No hubieras venido a mí a quejarte? Todo muchacho que quita a otro algún juguete es ladrón, y si no se corrige a tiempo este vicio va en aumento como todos los otros, y las resultas pueden ser muy funestas. Me alegro que me lo hayas dicho, porque veo que tu confesión procede de un impulso de honradez.

Emilio. - Dígame V., papá, ¿es malo también recoger flores y frutas en los jardines, o en las huertas?

El Padre. - Siempre es un robo, vicio muy frecuente entre los muchachos mal educados, sin hacerse cargo los tales que muchas veces recae el daño sobre infelices labradores a quienes les hace falta lo que les roban y destruyen. Los que se dedican a esta clase de robos son pillos, que están acechando la ocasión de hacerlo sin peligro de ser cogidos, se habitúan a este vergonzoso y criminal ejercicio, pierden enteramente el rubor, y aunque no se hagan con el tiempo ladrones de oficio, son, cuando menos, gentes de mala fe y bribones que la pegan siempre que pueden.

Pensad, hijos mios, que importa poco que los hombres no vean nuestras acciones, porque Dios, que es el que nos ha de juzgar, lo ve todo. Si alguna vez os halláis en circunstancias de que vuestra decisión decida la pérdida de los bienes de otro, o los vuestros, sed generosos, perded con valor lo que tengáis. Ahora os contaré lo que hizo un pobre paisano de la isla de Córcega cuando su pais estaba afligido por la guerra.

Despertáronle una mañana muy temprano algunos húsares, y le mandaron que fuese con ellos a enseñarles algún campo para forrajear en él. Condújoles el labrador atravesando muchos sembrados de trigo, y otros diferentes granos, hasta que al fin se detuvo en un campo de cebada, que no era muy bueno. "¿Por qué, le dijo el comandante del destacamento, nos has traido a un campo tan mulo, cuando con mucho menos trabajo pudiéramos haber forrajeado en otros mejores y mas inmediatos?"

- Los campos que hemos visto, respondió el honrado labrador, no son mios; no tenia derechb de indicároslos; este es mio; sacad de él todo el forraje que necesitéis.

Cuando el general supo esta acción, mandó que se le subsanasen los perjuicios por el doble del valor tasado bien a vista de hombres buenos.

Emilio. - ¡Qué hombre tan bueno ese labrador! ¿Hubiera hecho mal en indicar el primer campo por el cual pasó con los soldados?

El Padre. - Podía haberlo hecho sin cometer en eso ningún crimen; pero llevarlos a su campo, sabiendo que no le debían de pagar nada, era una virtud verdaderamente sublime.

Jacobito. - Me ocurre una cosa, papá; si hallase yo un bolsillo con dinero, o bien una alhaja preciosa, en un lugar donde no fuese posible adivinar quién la había perdido, ¿podria guardarla yo sin escrúpulo de conciencia?

El Padre. - No, hijo mío, porque, además de no haber hecho tú nada para ganar el dinero o la alhaja encontrada, no se sabe que el que ha tenido la desgracia de perderla haya renunciado a ella. ¿No te alegrarias tú, si perdieses el reloj de oro que te regaló tu tio, que te lo volviesen?

Jacobito. - Sí, señor; y así es que cuando encuentro algo que perdí me alegro mucho.

El Padre. - Pues eso mismo sucede s casi todos generalmente. Siempre que encontréis algo debéis informaros si hay quien reclame lo perdido; es menester hacer correr la voz que se ha hallado un objeto de cierta especie, diciendo a quién deberá dirigirse el propietario, teniendo cuidado de no espresar todas las señas, pues entonces habría muchos bribones que se presentarían a reclamar como suyo el objeto hallado, antes que el mismo dueño.

Emilio. - ¿No sabe V., papá, algún caso que venga bien a lo que acaba V. de decirnos?

El Padre. - Justamente estaba pensando en eso mismo, en 1728, Teing-Tey, mercader de la provincia de Chenci, en la China, iba a Mung-Tein a comprar algodón. Llevaba una bolsa con 170 pesos duros, que perdió en el camino, cerca de la montaña Son-Kia, y continuó su marcha. Un pobre labrador llamado Chi-Yeou la encontró al dia siguiente, y al volver a casa se la enseñó a su mujer. Ésta, que era muy honrada, le dijo: "No debemos guardar este dinero, porque no es nuestro; mas quiero ser pobre que retener el bien ajeno; mañana debes averiguar de quien es la bolsa, y volvérsela."

Entre tanto Teing-Tey habia hecho saber que daría la mitad del dinero al que lo volviese la bolsa que habia perdido. El labrador se presentó al alcalde del barrio, le dijo que habia hallado la bolsa, que hiciese comparecer ante él al mercader, para asegurarse si efectivamente era el legítimo dueño de ella. El mercader viene, da bien las señas, y Chi-Yeou le vuelve la bolsa; el propietario le ofrece la mitad del dinero conforme a su promesa, pero el labrador la rehusa. Busca mil medios para lograr que tome alguna cantidad, y Chi-Yeou le dice que no puede tomar nada, y se despide.

Esta noble acción fue admirada generalmente. El gobernador de la ciudad dio parte al virey de la provincia. Este envió inmediatamente 150 onzas de plata al labrador, y le dio un cuadro (en la China se cuelgan estos cuadros sobre las puertas de las casas), en el cual se veían escritos cuatro caracteres que significaban: "Marido y mujer ilustrados por el desinterés y la generosidad".

Además de esto, el gobernador de Mung-Tein tuvo orden de erigir cerca de la casa del labrador un obelisco con una acción tan noble. Cuando el emperador lo supo, dirigió una instrucción moral a todos sus pueblos, en la cual los exhortaba a practicar la virtud. "Por lo que toca al labrador Chi-Yeou, dijo el príncipe, le hago mandarín del séptimo orden; y dénsele cien onzas de plata en señal de lo mucho que estimo su hombría de bien, y para excitar a los demás a imitar tan bello ejemplo (Nota 1)."

Nota 1. ¿Por qué no han de recompensar los gobiernos las acciones que piden un esfuerzo grande de virtud, valor y generosidad? No hablo aquí del valor que se desplega en los combates, pues ese ya suele premiarse algunas veces. En España se instituyó la Cruz de Carlos III para la virtud y el mérito. Respóndanle de buena fe la mayor parte de los que la llevan, si la han conseguido por su mérito y virtudes; y en caso de afirmativa, manifiéstenlas al público para que decida. No parece sino que las virtudes están vinculadas en las clases altas de la sociedad, y a que las otras, ni aun siquiera se las concede el favor de considerarlas capaces de una acción noble y distinguida. ¿Se ha dado en España la cruz de Carlos III a un labrador, a un honrado artesano? Por otra parte ¿qué necesidad tiene de hacer lo que se llama limpieza de sangre el que con sus virtudes y méritos funda en su familia una nobleza más sólida que la que se hereda, gracias a algunos viejos pergaminos respetados por los ratones? El poderoso, cuyos antepasados no hayan sido cristianos viejos ¿no tendrá mil medios para probar que no desciende de ellos? Y el hombre pensador y tolerante ¿no se reirá de semejantes mojigangas? Cierto es que son de gran valía para la generalidad de las gentes; pero también lo es por la misma razón que el gobierno no saca de ellas todo el partido que pudiera, y que en los términos en que se halla hoy esta institución no es mas que "vanitas, vanitatum, et afflictio spiritus".

Imitad, hijos mios, si alguna vez se os presenta el caso, la conducta de estos Chinos generosos. La recompensa que tuvieron prueba que la virtud agrada a los hombres de todos paises.

Emilio. - ¿Pero, papá, si el Chino hubiera aceptado lo que le ofrecía el mercader, hubiera hecho mal?

El Padre. - No; porque era una dádiva espontánea del que perdió el dinero, y porque el labrador se apresuró en devolver la suma hallada luego que supo a quien pertenecía. Se me figura que decía en su interior estas palabras. "Levantar una bolsa que se encuentra no es un trabajo tan grande, que merezca la mitad de lo que contiene; y volverla a su dueño es una cosa tan justa y natural, que no es menester recibir nada por ello."

Jacobito. - Se portó generosamente; y estoy muy contento que el emperador le hubiese recompensado.

Emilio. - Y si el labrador chino no hubiese podido saber quien era el dueño de la bolsa, ¿qué debió hacer de ella?

El Padre. - Como era tan generoso, hubiera repartido el dinero entre algunos más pobres que él; y esto es lo que debe hacer en un caso semejante cualquiera que no se halla en la indigencia. El pobre debe atender primeramente a sí, cuando puede hacerlo de un modo irreprensible. Esto no es decir que un hombre rico que hallase un bolsillo de dinero, y que después de haber dado todos los pasos necesarios para averiguar a quien pertenecía, dejaría de ser hombre de bien si se apropia el dinero; mas podría decirse que era un hombre codicioso, que no merecería ser alabado de nadie. Voy a contaros una historieta que os gustará.

Jacobito y Emilio. - Bien, bien, papá; estaremos muy quietitos.

El Padre. - Antón y Lucía eran dos jóvenes pastorcitos que se querían mucho, y no podían casarse por ser muy pobres. Un día que los dos se estaban lamentando de su mala suerte, al tiempo que volvían al anochecer a su pueblo, Antón tropezó, y cayó. Al levantarse quiso ver en qué había tropezado, y advirtió que era una taleguita bastante pesada, y la recoge. Deseoso de saber lo que contenia va acompañado de Lucía a un campo vecino donde aun ardía un poco de fuego, que habían encendido los labradores durante el dia. Reaniman el fuego, y a la claridad de la llama descubren que todo lo que tiene la taleguita es oro.

"No parece sino que Dios nos envía este dinero, dijo Lucía, para poder casarnos."

- Ciertamente, respondió Antón, y ahora tu padre ya no tendrá reparo en que te cases conmigo.

Alegres como unas pascuas empiezan a contar las onzas de oro y los doblones, y se van al lugar con ánimo de enseñar el hallazgo al padre de Lucía; pero antes de entrar en casa dice Antón a su querida: "Me ocurre que esté dinero no es nuestro, sin duda lo ha perdido alguno que ha vuelto de la feria de Medina, y lo que a nosotros nos ha alegrado tanto será para él un motivo de desesperación."

- Tienes razón, Antón, el que ha perdido el dinero estará llorando, y mas, si tiene hijos; nosotros lo hemos hallado por casualidad y guardarlo seria un robo.

- Lo mejor será que vayamos a casa del cura, que me quiere mucho, y si gustas, consultaremos con él.

Pareció bien la idea a Lucía, y al momento fueron a verle; encontrádonlo en casa, Antón le entregó el saco de dinero, y le confesó que al principio le había mirado como una cosa enviada por el cielo. Contestóle como quería a Lucía, pero que su pobreza era un obstáculo que impedia su unión. Escuchóle el cura con bondad, enternecióse con su relación, admiró la probidad de los jóvenes, y aplaudió su proceder.

"Antón, le dijo el cura, conserva siempre los mismos sentimientos, el cielo te bendecirá; el dueño del dinero parecerá probablemente, es regular que te dé un buen hallazgo, yo añadiré algo de mis ahorros, hablaré al padre de Lucía, te casarás con ella; y si nadie reclama el dinero que depositas en mis manos, se considerará como un bien que pertenece a los pobres; tú lo eres, y dártelo a tí será obedecer la voz del cielo."

Retiráronse los jóvenes contentos y llenos de dulces esperanzas. El cura publicó la pérdida del saco en la parroquia suya, en Medina y en todos los pueblecitos inmediatos. Algunos tunantes se presentaron, mas como no supieron especificar la clase de monedas, ni la suma, ni el saco, se volvieron con las manos vacías.

Entre tanto el cura no se olvidó de Antón; le proporcionó una casita con algún ganado y aperos de labranza, y dos meses después casó a los dos jóvenes. Agradeciéronselo lo mejor que pudieron, y no cesaban de hacerse lenguas a favor del buen cura. Antón era trabajador, Lucía muy hacendosa; pagaban puntualmente la renta, y vivían con frugalidad, queridos de todo el mundo.

Dos años pasaron, y nadie reclamó el dinero. El cura fue del parecer que no se debía esperar más, y se lo llevó a los honrados jóvenes. "Hijos mios, les dijo él, gozad del favor que os dispensa la Providencia; pero no abuséis; estos tres mil duros están sin producir nada; haced uso de ellos; si por casualidad aparece el dueño, volvédselos; entretanto empleadlos de modo que no se disminuya su valor."

Antón siguió este consejó, compró la casita y la heredad que tenia en arriendo, persuadido que si el dueño del dinero se presentaba algún dia, se daria por muy satisfecho de que se hubiese empleado tan bien su caudal.

La propiedad del terreno fue causa de que hiciera mejoras en su hacienda, cultivó mejor las heredades, y los campos fueron mas fértiles, con lo cual logró vivir en una decente medianía, que es a lo que había aspirado. Dos hijos vinieron a aumentar su felicidad, y cuando crecieron ayudaban a sus padres en las labores campestres.

Diez años hacia que vivían de este modo, cuando, volviendo Antón de su trabajo un dia a la hora de comer, vio dos hombres que iban por el camino real en una caleza, que volcó justamente al acercase a ellos. Corrió a socorrerles; les ofreció las mulas que tenia para trasladar las maletas a su casa, y rogó a los pasajeros que fueran a descansar a ella. Por fortuna no se hicieron daño; el más viejo de los dos exclamó al tiempo de levantarse: "¡Este sitio es bien desgraciado para mí! Hace doce años que pasé por aquí, de vuelta de la feria de Medina, y perdí tres mil duros.

- Y ¿no hizo V. diligencias para recobrarlos? le dijo Antón.

- No fue posible, porque iba a toda priesa a la Coruña, donde debía embarcarme para la Habana; el tiempo urgía, el barco estaba para darse a la vela, y si me hubiese detenido en hacer pesquisas, tal vez inútiles, se hubiera frustrado mi viaje, y los perjuicios habrían sido más considerables que la pérdida que acababa de sufrir."

Alegróse en extremo Antón al oír esto, y le rogó encarecidamente que fuese a su casa; y como era la más próxima, y aun la más cómoda, fueron a ella los viajeros. Encarga a su mujer que aderece comida para aquellos huéspedes, y mientras que se dispone todo lo necesario, hace que recaiga de nuevo la conversación sobre la pérdida de que se lamentaba el más viejo. En seguida, va en busca del cura, le cuenta lo que pasa, le convida a comer, y a que haga compañía a los viajeros.

El cura le acompaña, y no cesa de admirar el gozo que muestra el buen Antón por un descubrimiento que debe arruinarle.

Sírvese la comida; los viajeros no hallan expresiones con que agredecer al paisano tan buena acogida; elogian su buen corazón, su franqueza, el candor de Lucía, su actividad, y la docilidad de los niños. Antón, después de concluida la comida, les enseña la casa, la huerta, el corral y el ganado, les habla de sus campos y de su producto, y concluye diciendo al de más edad: "Señor, todo esto es de V. Yo hallé el dinero que V. perdió, y viendo que nadie lo reclamaba, compré esta hacienda con la intención de entregarla algún dia a su legítimo dueño. En caso de haber muerto yo antes, he tenido cuidado de poner en manos del señor cura un documento fehaciente que justifica la propiedad de V."

Sorprendido el forastero, lee el papel, y mira a Antón, a Lucía y a sus hijos. "¿Dónde estoy?, exclama él. ¿Qué acabo de oír? ¡Qué proceder, qué virtud! qué nobleza, y en ¡qué clase encuentro todo esto!

- ¿Teneis más bienes que estos?, les preguntó en seguida.

- No, señor; pero si V. no vende esta hacienda, necesitará un arrendatario, y en tal caso espero que V. me dará la preferencia.

- Tanta probidad, respondió el anciano a Antón, merece otra recompensa. Doce años han pasado desde que perdí el dinero que V. halló; después acá Dios me ha favorecido en términos que no echo de menos la suma perdida, ni esta restitución me haría más rico. Me parece pues que sería ofender a la Providencia quitarle a V. este dinero; yo se lo doy a V.; nunca lo reclamaré; ¡Qué otro hubiera obrado como V. en iguales circunstancias!"

Dicho esto, hizo pedazos el papel que tenía en sus manos, y expresó el deseo de extender una escritura de cesión a favor de Antón y de sus hijos. Marido y mujer se echaron a sus pies; él los levantó y abrazó. Un escribano extendió la escritura; Antón lloraba de alegría y de terneza: "Hijos mios, exclamó él, besad la mano a vuestro bienhechor. Lucía, ahora podemos disfrutar de estos bienes sin desazón ni remordimientos."

Jacobito. - ¡Qué historieta tan bonita, papá! ¡Me parece que yo baria lo mismo que hicieron Antón y el labrador chino!

Emilio. - Y yo también; ya tengo ganas de encontrar algún bosillo u otra cosa para hacer ver a V. lo que digo.

El Padre. - Así me gusta, hijos mios. Imitad, siempre que podáis, tan bellos ejemplos. Pero ya es tarde, y mañana continuaremos este mismo asunto.

 

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