El ceremonial marítimo II

Conjunto de prescripciones a que se someten los buques, puertos o fortalezas para tributar honores y testimonios de cortesía a altas personalidades oficiales o simplemente para tributárselos los buques entre si

 

Saludo entre buques. Buque de patrulla de la Fuerza Naval de la UE ESPS Rayo saludando al buque insignia EU Naval Force - Flickr

La mística de las instituciones

Los navíos son como organismos vivos

Decía el embajador José María de Areilza que los navíos son como organismos vivos. Trasciende de su armazón, hoy metálico, ayer maderero, una personalidad inconfundible que los confiere carácter, perfil y personalidad.

Y añadía:

Son ciudades movibles, cambiantes, que se adaptan a climas antagónicos, tórridos o gélidos, y que vencen a los elementos naturales, como las olas y los vientos, para alcanzar el rumbo o el destino deseados, enfrentándose con ellos. Las naves de guerra tienen más ceñida personalidad que las del tráfico mercantil. Sus hombres están ligados por una vigorosa disciplina, y el código del honor inspira a las tripulaciones una conducta ética que desborda del estricto reglamento para elevarse a una categoría moral. Un navío tiene el alma de sus jefes, y la historia dramática y emocionada de estos buques lo demuestra. Cada uno es un trozo del pasado reciente de España, y en casi todos ellos ha dejado el transcurso de los años estelas de sacrificio y cicatrices de gloria.

Estas hermosas palabras han sido tomadas del prólogo del libro " Buques de Guerra Españoles. 1885-1971 ", de Aguilera y Elías, publicado por Editorial San Martín en 1968, con diversas reediciones posteriores.

Sigamos el relato del emotivo suceso que nos recuerda en sus propias palabras, recogidas en el lugar indicado:

Yo recuerdo haber intervenido como protagonista en el capítulo final de la vida de uno de ellos, el Reina Mercedes. Fue este crucero de tres mil toneladas, mal protegido, uno de los que defendían Santiago en las jornadas trágicas. Por su mala aptitud para el combate activo, luchó amarrado, con la parte de su artillería que no se había desembarcado, hasta que se le ordenó atravesarse y hundirse en el canal de entrada, para impedir el paso al victorioso enemigo. Del fondo del mar lo extrajeron intacto los norteamericanos, llevándoselo como trofeo de guerra a su país, Me lo encontré cuando visité la primera vez la base de Annapolis, recién posesionado de la Embajada en Washington.

Llevaba allí desde 1912 sirviendo de portón como club de oficiales, museo de la guerra del 98 y correccional de cadetes arrestados. A pesar de hallarse desarbolado, la vista del navío, impecablemente pintado de blanco, con su balconcillo de popa, su puente de mando, los tejadillos de cubierta y el mascarón de proa policromado, me produjo una dolorosa impresión. Hasta 1912 había servido para esos menesteres el casco del Hartfor navío de insignia de Farragut, el gran Almirante norteamericano de origen menorquín. Era bien triste que fuera un navío de guerra español del 98 el que ahora se ofreciese a la atención de los millares de visitantes que todos los años acuden a las bellísimas instalaciones navales.

La gestión que inicié allí mismo duró casi tres años. Al principio mi petición produjo alguna sorpresa, que tanta es la fuerza del hábito para olvidar los más elementales aspectos de la sensibilidad de los demás. Pero a medida que iba avanzando en mi negociación iba sumando aliados en la demanda que postulaba. Las mejores colaboraciones las encontré en la propia Marina de los Estados Unidos, cuyo exquisito sentido de la caballerosidad y de la amistad no necesito subrayar aquí. Subió la petición hasta el propio Presidente, que como Jefe supremo de las fuerzas armadas tenía que autorizar la baja de aquel despojo en el inventario de la Marina. Por fin, un día el Almirante Carney, Jefe del Estado Mayor de la Navy, me vino a comunicar personalmente la buena nueva. El Reina Mercdes desaparecía de Annapolis y era entregado al desguace. Pero no se quería hacer eso sin ceremonia, y se me invitaba a presidirla. Fue un acto sencillo y conmovedor. En una tribuna decorada con gallardetes nos sentamos el Almirante Jefe de la Base y yo con los demás invitados. Una mesa, con, varios documentos, sostenía un objeto de gran tamaño, de forma cónica, que envolvía la bandera norteamericana. La Academia en pleno formaba rígidamente, frente a nosotros, en la explanada. Leyó el Almirante los decretos correspondientes y las "Stars and Stripes" fueron arriadas del mástil del Reina Mercedes a los acordes de su himno. El Almirante dijo a continuación que deseaba ofrecerme un recuerdo de aquel acto de confraternidad.

Descubrió el objeto y apareció la campana del Reina Mercedes, bruñida y reluciente, con su inscripción original y la fecha, Cartagena 1887. Pronuncié unas palabras resaltando el simbolismo del acto. Los cadetes desfilaron ante la tribuna en impecable columna de honor. Creo que fue uno de los momentos más gratos de mi estancia y misión en los Estados Unidos. La campana se la ofrecí al Museo Naval de Madrid, donde se guardan tantos tesoros del pasado bajo la amorosa tutela del egregio maestro de nuestra historia naval y aun de la historia a secas, el Almirante don Julio Guillen.

No fue sólo el aspecto negativo de suprimir un mal recuerdo, sino el positivo de hacer realidad el contenido de nuestros convenios de 1953 lo que llevó a Norteamérica a tomar parte en numerosas ceremonias de transferir buques norteamericanos a nuestra Escuadra en condiciones sumamente favorables. Escribo estas líneas con una pluma en cuyo basamento se lee en inglés: "Esta pluma se usó en la ceremonia de transmisión de USS l Converse DD 509 a la Armada española, Arsenal de Filadelfia, 1959, Julio." Creo que se llama ahora Almirante Valdés y he visto su silueta en las páginas de este libro.

Como en toda América es realidad aquello del posta de que no hay un palmo de tierra sin huella española, el Comandante del Converse era de Alaska y conoció, con alegría y con asombro, que la ciudad de Valdés, como la de Córdoba, prósperos lugares de aquel remoto Estado, debían su nombre a dos destacadas figuras de nuestra Marina del setecientos que descubrieron, bautizaron y fundaron los núcleos originarios de población alaskana de aquella inmensa tierra de América.

¿Cuál es el objetivo de este libro, aparte de servir de manjar a los aficionados del fascinante mundo naval ? A mi entender, el siguiente: Despertar en la conciencia de la masa española del interior de la Península la vocación marítima de España y el afán por las tareas nobilísimas de la Marina.

Azorín , el escritor de la clara luz mediterránea, glosaba con frecuencia aquel verso que otro compañero suyo dedicaba a la meseta:

"Desgraciada Castilla porque no puede ver el mar". Azorín repetía: "La solitaria y melancólica Castilla no puede ver el mar. ¿Cómo es el mar? ¿Qué dice el mar? ¿Qué se hace en el mar?" Pero de España se ha dicho que tiene dos mares, uno a cada banda, que le van de los pies a la cabeza. Y ¿cómo a un pueblo como el nuestro, que lo envuelve la mar de la testa a la planta, se le va a olvidar esa tradición esencial de su vida?

Sólo Dios sabe el arcano de la grandeza futura de los pueblos y de sus gestas venideras. Pero una cosa es cierta: el porvenir nacional está entrañablemente unido al de nuestra condición marinera. Mientras el español navegue, su destino estará alerta, vivo, presente en la comunidad internacional. "Navigare, necesse est." El progreso de España se mide por singladuras.

La gloriosa campana, recuperado despojo de nuestra derrota, que picara la hora del acontecer diario de aquel desdichado buque reposa ahora en el patio central del antiguo Palacio del Marqués de Santa Cruz , sede del Archivo General de la Armada "Alvaro de Bazán", en la localidad manchega de El Viso del Marqués.

 

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