Invitaciones a clientes y comidas de negocios

Las reuniones de negocios, en algunas ocasiones, se prolongan más allá del horario laboral y se iterrumpen con una invitación para comer

 

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Comidas de negocios: invitar a los clientes

La situación es bastante común. Una reunión de negocios que se prolonga hasta más allá del mediodía. ¿Qué hacer? ¿Invitamos a comer a nuestros clientes? ¿Dónde invitarles? ¿Qué tipo de comida les gustará?

En esos momentos lo mejor es comentar el tema de la comida con nuestros clientes. ¿Les parece bien si nos vamos a comer y seguimos charlando después? Si los clientes aceptan, también podemos preguntarles qué tipo de comida es la que más les gusta o les apetece. Ante la duda, hay que elegir comida "clásica" evitando caer en el esnobismo o en algún tipo de comida demasiado étnica, no apta para todos los paladares.

Sentados a la mesa, si el cliente no "saca" o pone el tema de la reunión "encima de la mesa", es mejor no hablar de negocios mientras comemos. Puede que no sea el momento. También es bueno descansar y "desconectar". Si vemos que es el cliente el que sigue interesado en hablar del tema, se puede seguir tratando el asunto de un forma más somera.

Al igual que cuando una persona acude a una entrevista de trabajo -estudia cómo es y cómo funciona la empresa-, es bueno hacer una pequeña "investigación" sobre los gustos del cliente para que se sienta bien atendido y valore la iniciativa de haberse preocupado por conocer sus preferencias. Una comida de negocios puede ser el punto de partida para una relación exitosa con una empresa.

Las comidas como los regalos, ni ostentosas ni mediocres. No hay que abrumar al cliente llevándole a comer al restaurante de mayor lujo de la ciudad ni al del "menú del día". Hay un término medio. En ambos casos el cliente se puede sentir molesto e incómodo -además de llevarse una impresión equivocada sobre nosotros-.

El restaurante donde vamos a comer, además de por su comida, se suele elegir por razones prácticas: por su cercanía con el lugar de trabajo, porque cuenta con salones o comedores privados -que facilitan el hablar de negocios-, por el servicio de parking, etc.

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Podemos aconsejar un plato, pero no imponer. La libertad de elección hay que dejársela al cliente. También es un detalle de cortesía dejar que el cliente elija el vino -si vamos a tomar esa bebida-.

La cuenta, por supuesto, debemos solicitarla nosotros y abonarla. No hay que comenzar una "batalla" por ver quién paga la cuenta. Debemos dejar claro, desde el principio, que nosotros, como anfitriones, somos los que invitamos.

La mesa del restaurante no es la mesa de la oficina; no hay que sacar ordenadores portátiles, tabletas o carpetas con documentos y otros papeles; tampoco es bueno prolongar mucho la sobremesa -el personal del restaurante también tiene que descansar antes de atender el próximo servicio, el de la cena-. Si hay que continuar hablando, mejor en la oficina.

 

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