Protocolo y sentido común

En protocolo, afirma Ángel Pérez, lo ideal es el sentido común y de ser posible, añade uno, el del humor

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Reina Isabel II. El príncipe Carlos saluda a su madre la Reina Isabel II de Inglaterra. protocolo.org

Anécdotas y curiosidades sobre protocolo y etiqueta

"Artur Mas planta a Santamaría en un acto oficial en Barcelona". Así titulaba la prensa la información que ofrecía nuestro diario, hablando de "un inédito desaire imputable al presidente de la Generalidad con la excusa de que era a él al que le correspondía presidir un encuentro con la Patronal". A la reunión asistía Soraya Sáenz de Santamaría como presidente en funciones. Rajoy iba camino de Panamá donde pocas horas después se inauguraría la Cumbre Iberoamericana, Santamaría actuaba como presidente en funciones y ejercía inequívocamente las que habría desempeñado Rajoy de haber podido asistir. Eso era todo.

A Mas le corresponde según la Constitución "la suprema representación de la respectiva Comunidad y la ordinaria del Estado en aquella" (art.152.1 de nuestro Texto Fundamental).

En principio, podría entenderse que Mas tenía razón pero en realidad, carecía de ella y además, salvo que estuviera muy mal asesorado, Mas sabía cuál era la regla general y cuál la excepción pero aprovechó la incidencia para insistir en su doctrina del "sí o sí", que le encerraría en la casita de papel que desea construirse y de la que tendrá que salir si no quiere "perder pan y perder perro"; sería una pena y no sólo para él.

"Al protocolo no le viene mal un poco de sentido del humor, además del sentido común"

Entre otras exigencias, la regulación e interpretación del protocolo, requiere no olvidar el empleo de dos criterios: el sentido común y el sentido del humor porque sin ellos, el protocolo puede transformarse en un hosco jeroglífico. Tampoco está de más el sentido caballeresco.

Hace años, se produjo en Jerez de la Frontera, un curioso problema protocolario a propósito de quienes se sentaban y quienes no, en la mesa de presidencia; había cinco asientos y seis aspirantes y dos de ellos pugnaron por la silla quinta; uno, era el delegado provincial de Estadística y el otro, el subdelegado de Hacienda de Jerez.

Ambos discutieron algo encendidamente, acaso por no sufrir el mínimo bochorno de descender al patio de butacas, hasta que uno de ellos, decidió sentarse, sin imaginar cuál iba a ser la reacción del otro; ¿qué hizo aquel otro? Pues ¡sentarse encima del que precitadamente había ocupado la única silla disponible! La risa de los presentes fue antológica y el más sensato resultó ser un ordenanza que, sin decir palabra, se apresuró a traer una silla más.

"A veces la vanidad o la soberbia prevalecen sobre la etiqueta"

El protocolo tiene su importancia efectiva, pero llevado a sus extremos, abochorna a víctimas y culpables, ocasionando pesares y regocijos. En 1864, la Reina Victoria de Gran Bretaña aceptó visitar el convento anglicano de Clewer, cerca de Windsor, insistiendo en que no se le guardara el protocolo. Así se hizo pero a la Reina le sorprendió que al retirarse de su presencia, todas las monjas inclinaban la cabeza. La Reina se volvió a la madre superiora un poco contrariada: "creía haber explicado que sólo deseaba conocer vuestra vida diaria". Y la superiora replicó dulcemente: "Majestad, es que ésta es nuestra vida cotidiana; la reverencia me la hacen a mí".

A veces la vanidad o la soberbia prevalecen sobre la etiqueta. Eso le sucedió a Margaret Thatcher, que presidió un desfile de soldados que regresaban de combatir en las Malvinas, a ciencia y conciencia de que ese honor correspondía privativamente, a la Reina.

Afortunadamente, el sentido del humor y no digamos el sentido común, no se dejan vencer por el simple protocolo que es importante siempre que no se le dé primacía sobre aquel par de sentidos. Mi jefe de Protocolo en la DGA, Ángel Pérez, y sin embargo amigo, contó una vez a Joaquín Carbonell, una anécdota deliciosa.

Era un empresario y concejal zaragozano que rompía frecuentemente, el protocolo sin agraviar nunca y que una vez, coincidió casualmente con el Rey en ¡una sidrería asturiana!; le saludó, le dijo quien era, le acompañó, tomaron juntos unos culines de sidra y finalmente, le pidió a don Juan Carlos que firmase en el Libro de Honor del establecimiento. Y ésta fue la dedicatoria que escribió nuestro Monarca: "a don Fulano que es el único que me ha llamado en media hora, majestad, señoría ilustrísima, de usted y de ¿quieres otro culín?"

 

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