Carta de S.M. Zarina aceptando ser Académica Honoraria de la Academia Real de Ciencias.

Carta del Secretario de S.M. Zarina aceptando ser colocada a la cabeza de sus Académicos Honorarios, en la Academia Real de Ciencias.

El arte epistolar. Reglas teórioc-prácticas para escribir. 1819.

 

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Carta de S.M. Zarina aceptando ser Académica Honoraria de la Academia Real de Ciencias.

Señor, (Sire)

El honor que V.M. dispensa a la Academia Real de Ciencias, teniendo a bien, que su augusto nombre sea colocado a la cabeza de su lista, excede en gran manera las ideas más ambiciosas que pudiera formar y cuantas gracias
se me ha encargado daros. Este gran nombre que casi nos es permitido contar entre los nuestros, señalará eternamente la época de la revolución más feliz que pueda verse en un imperio, como es el establecimiento de las ciencias y artes en los vastos países de la dominación de V.M. La victoria que lográis, Señor, sobre la barbarie que en ellos reinaba, será la más brillante y singular de todas las vuestras. No menos que otros héroes, habéis adquirido nuevos vasallos por medio de las armas; empero de los que la naturaleza os había sometido, habéis hecho por los conocimientos que les habéis inspirado, unos vasallos enteramente nuevos, más ilustrados, más felices, más dignos de obedeceros.

Los habéis conquistado para las ciencias, y esta especie de conquista, tan útil para ellos, como gloriosa para vos, os estaba reservada. ¡Si la ejecución de este gran designio que se ha propuesto V.M. reclama los aplausos de toda la tierra, con qué transportes de júbilo no deberá la Academia unir también los suyos, tanto por el interés de las ciencias de que se ocupa, como por el de vuestra gloria, de que podrá desde ahora lisonjearse de tener alguna parte en ella! Quedo con el más profundo respeto.

Señor (Sire)

D.V.M.

Muy humilde y muy obebiente servidor.

Fontenelle

Secretario perpetuo de la Academia Real de Ciencias.

París 27 de diciembre de 1719.

Observaciones.

La palabra francesa "Sire" no tiene equivalente en español, y cuando hablamos a la Majestad, decimos únicamente Señor (en francés Monsieur) pero dicen "Sire" tan solo a la Majestad. A ellos quizás les parecerá que es una cosa demasiado común, y aun parece que pueden fundarse en que cuando escribimos a persona que tenga tratamiento superior al de merced, no contentándonos con ponerle en el cumplido solamente Señor, le añadimos el epíteto de su tratamiento como Excelentísimo Eminentísimo, Ilustrísimo Señor, etc. Pero entre nosotros se atribuye a la palabra Señor la mayor sublimidad; todo consiste en la costumbre; y asi se ve que aun hablando a la Majestad Divina le decimos también Señor.

Tienen además los franceses otro dictado entre "Sire" y "Monsieur" que es "Monseigneur" y equivale a lo que hemos dicho entre nosotros Eminentísimo Excelentísimo Señor, etc.

También a nosotros nos parecerá extraño, y aun ridículo, el que los franceses a lo mejor dejen el tratamiento en que le están a uno hablando, y se vayan al de merced o de vos (vous) que entre nosotros equivale a Vm. y luego vuelvan al tratamiento que les corresponde, como se puede ver en la precedente carta; pero como todo eso lo tiene adaptado la costumbre, nada hay que decir sobre ello.

También entre nosotros sería poco respetuoso en el cumplido de la antefirma, poner "muy humilde y muy obediente servidor" y cuando se escribe a la Majestad, y aun a las personas reales, porque estamos acostumbrados a poner: "Señor", o "Serenísimo Señor"; A.L.R.P.P. de V.M., o de V.A.R., y luego la firma.

Es preciso hacer todas estas advertencias para conocer los particulares en que podemos imitar los modelos extranjeros y aquellos en que debemos abandonarlos, acomodándonos a nuestros usos. Por lo demás, el estilo de la anterior carta es bastante elevado, y tiene pensamientos sublimes, y muy propios de la Majestad heróica a quien Fonteneille se dirigía.

Justamente era el Zar Pedro el grande de Moscovia, que sacó de la barbarie espantosa en que yacía su dilatadísimo imperio, y que habiendo aprendido la ciencia de la guerra a fuerza de derrotas, venció por fin al enemigo su maestro Carlos XII, que precisamente el año anterior a la fecha de esa carta murió en el sitio de Friderisk Hall.

 

Nota

  • 17124

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