F. LA CORTESÍA MODERNA: Los modales en el inicio de la Edad Moderna. III.

Los modales en el inicio de la Edad Moderna. Cortesía Moderna.

La civilización del comportamiento. Urbanidad y buenas maneras en España desde la Baja Edad Media hasta

 

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Sin embargo, Boscán no puede traducirlas siendo absolutamente fiel a los contenidos y sentido a los que aluden cuando las palabras civilidad y ciudadano son utilizadas por Castiglione. En España no existe el referente político del humanismo cívico y a esa carencia se debe el que la palabra ciudadano sea exclusivamente de carácter topográfico y descriptivo. El ideal cívico, en España, queda oscurecido por la preponderancia del ideal caballeresco y de las armas además de por la primacía del cristianismo y su concepto de contemplación, opuesto al concepto de vida activa y participativa que enarbola la tradición del humanismo cívico (Nota: La tradición de pensamiento que define al hombre como ciudadano bebe, aparte de las repúblicas bajomedievales y renacentistas italianas, de la propia república romana. Al respecto dice Morreale (1959:113): "Así, de la traducción desaparece una de las palabras clave del legado espiritual de Roma, cuya ausencia no sólo es muy significativa para la época, sino que tiene, en mi sentir, una repercusión histórica de siglos en la autoconsciencia y autodeterminación de los españoles"). La palabra civilidad en España carece del sentido cívico que tiene en el original de Castiglione. A esta carencia de sentido cívico se le une el hecho de que en el texto de Boscán los términos "civil" y "civilidad" vienen a significar, sorprendentemente, "vileza" y "crueldad" (Morreale, 1959:112, nota 1) (Nota: Morreale (1959:112-113, nota a pie de página n° 2). muestra cómo en la poesía de Boscán la palabra 'civil' aparece con las acepciones de 'cruel' y 'fiero': "con un civil y mentiroso trato" o "de nonada os vendrá un civil despacho" son algunos de los versos que de Boscán recoge Morreale para ilustrar tal circunstancia). Es evidente que ambos significados parecen no ser los más adecuados como denominación de un código de buenas maneras. Que "civil" y "civilidad" estuviesen negativamente connotados condujeron a Boscán a evitar sendas palabras en la traducción.

Luego entonces cabe hablar de un doble motivo que explica el imposible arraigo del término civilidad en España. En primer lugar, el término civilidad es originariamente portador de un ideal cívico-político republicano del que en la España de la monarquía y el imperio colonial no existen referencias. En segundo lugar, el término civilidad, en la traducción que Boscán efectúa de El Cortesano, conlleva una significación peyorativa que hace inviable su utilización como término identificativo de un código de conducta que persiga la depuración y corrección del comportamiento.

Ambos motivos impiden hablar de civilidad en España y designar con esa etiqueta el código de comportamiento vigente durante el siglo XVI y comienzos del XVII. Por tanto, me referiré a este código como código de la cortesía moderna ya que la palabra cortesía continúa usándose en el periodo al cual aludimos. Mas no es la misma cortesía que la bajomedieval: sus contenidos han experimentado variaciones siendo ésta la razón por la que la califico de moderna. En definitiva, es el código de la cortesía moderna el que discurre a lo largo del siglo XVI adentrándose también en el primer tercio del siglo siguiente.

3. La cortesía moderna.

El código que he llamado de la cortesía moderna abarca el siglo XVI y, aproximadamente, el primer tercio del siglo XVII. Sustituye al código de la cortesía bajomedieval y expresa la transición desde el mundo caballeresco típico del medievo hasta el mundo progresivamente pacificado de las primeras cortes urbanas relativamente fijas. La cortesía moderna, al igual que su predecesora bajomedieval, hace gala de una vocación moral que se manifiesta en un triple ámbito: en la necesaria y coherente ligazón que debe existir entre la exterioridad del ser humano -manifestada mediante las buenas maneras- y la disposición moral de su fuero interno; en su elección del infante como destinatario principal de los preceptos que propone a fin de instruirlo rectamente y en el modelo de sociabilidad que pretende instituir. Por tanto, la cortesía moderna no es simplemente preocupación por una cuidada apariencia o por unos modales depurados sino que más allá de esto alberga también un propósito de naturaleza moral. Comentaré a continuación cada uno de estos ámbitos.

La cortesía moderna fusiona la vertiente ética y estética de la conducta; esto es, al igual que sucedía con el anterior código, supone que las maneras son indisociables de la moralidad. Unas maneras adecuadas y decorosas son la señal inequívoca de que quien las posee hace gala, por añadidura, de una correcta ordenación moral (Nota: Chartier (1993:254) abunda en esta idea de la conducta como indicio seguro de las cualidades del alma y el espíritu). El decoro en el comportamiento ha de avenirse con un espíritu bien compuesto: a través de las formas se vislumbra la calidad de ese espíritu.

El código de la cortesía moderna entiende que la interioridad -el ánimo, el fuero interno, el espíritu, el alma- y la exterioridad -el comportamiento visible- se hallan directamente vinculados. Semejante vinculación es la responsable de que las maneras resulten moralizadas. El cultivo de las buenas maneras por sí mismas no hace sino desvirtuar y rebajar a la persona. Juan Luis Vives ilustra esa ligazón entre maneras y moral además de criticar a aquellos que descuidan el espíritu en nombre de unas formas elegantes:

"Flexíbulo: [Refiriéndose a las maneras] Todas esas cosas no son sino señales exteriores por las que se colige que dentro de ti hay algo que te hace amable; pero ninguno estima aquellas cosas por sí mismas. Porque si dejas el entendimiento inculto y silvestre, cuidando no más que del aliño y compostura del cuerpo, de hombre te conviertes en bruto" Vives (1959:133) (Nota: Erasmo (1985:19) se manifiesta en términos similares: "Pero aunque es cierto que aquel decoro exterior del cuerpo procede de una alma bien compuesta, por descuido de los preceptores vemos que sucede a veces que esta gracia hemos de echarla en ocasiones de menos en hombres de bien y muy letrados").

Así pues, las manifestaciones corporales en general y, dentro de ellas las buenas maneras, son expresión y traducción del ordenamiento moral interno de la persona. El comportamiento visible y la disposición interna de cada cual se encuentran estrechamente vinculados de tal modo que cabe pensar, en tanto las manifestaciones corporales sean expresión de la interioridad, en la posibilidad de reformar la disposición moral interna de una persona ajustando, regulando y perfeccionando sus propias manifestaciones corporales en general y las maneras en particular. De este modo, las buenas maneras asumen un cometido de peso que no sería otro que el de reformar a través de ellas la disposición moral de una persona (Nota: Cfr. Revel (2001:170) para una interpretación convergente). Se preconiza la concordancia entre la interioridad y la exterioridad.

La existencia de discordancia o tensión revela en una persona la ausencia de escrúpulos morales. Esa persona estaría actuando de un modo que en nada concuerda con su interioridad; estaría mintiendo a todos aquellos que le rodean. La mentira no tiene cabida en este código. En Galateo español es condenada porque embriaga el oído y el entendimiento. Incluso se corre el riesgo, a fuerza de oírla, de que pueda tornarse verdad para quien la escucha (Gracián Dantisco, 1968:126). En el ámbito de las buenas maneras, la mentira más habitual es el fingimiento: mediante las formas dejar ver o hacer creer algo que no es verdad. En otras palabras; apostar por la apariencia. La apariencia, según el Tesoro de la Lengua Castellana o Española (1611) del lexicógrafo Sebastián de Covarrubias (1539-1613), es "lo que a la vista tiene buen parecer y puede engañar en lo intrínseco y sustancial" (1979:130). El fingimiento y la apariencia no se entienden el uno sin el otro siendo ambos enfrentados y combatidos por la cortesía moderna. Vives, de nuevo, advierte los riesgos que lleva aparejado el fingimiento:

"Flexíbulo: Luego no es lo mismo fingir modestia que sentirla. Lo fingido, alguna vez se descubre o manifiesta; lo verdadero permanece siempre. Fingiendo modestia, alguna vez en público o privado harás o dirás inadvertidamente -que no siempre serás dueño de ti mismo- algo con que declares el fingimiento y cuantos lo conozcan te aborrecerán tanto y aun más cuanto antes te amaron" (Vives, 1959:135).

La perfecta concordancia entre la exterioridad y la interioridad así como la superación de la mentira y el fingimiento se logran a través de la gracia. El Cortesano de Castiglione es la mejor vía para acceder a este concepto (Nota: Al respecto véase un tratamiento filosófico de la cuestión de la gracia en Saccone (1983). Básico resulta el abordaje que en relación con los modales efectúa Capitán Díaz (1989) de El Cortesano). La gracia se refiere a una suerte de término medio entre el cuidado y el descuido en la conducta personal. El esfuerzo que puede suponer comportarse con arreglo a los preceptos de la cortesía moderna ha de quedar recubierto con un velo de despreocupación en el momento de actuar de tal modo que se genere la impresión de que la conducta es natural, que no es aprendida y que, por tanto, es consustancial a la persona y a su naturaleza. En el campo de las buenas maneras, la gracia prescribe un comportamiento en el que resulta vetado todo aquello que haga pensar a los demás que las maneras son fruto de un arduo trabajo personal. La gracia encubre el esfuerzo haciendo de la conducta cortés una conducta cuasi-natural:

"[...] por eso se puede muy bien decir que la mejor y más verdadera arte es la que no parece ser arte; así que en encubrilla se ha poner mayor diligencia que en ninguna otra cosa; porque es en el punto que de descubre, quita todo el crédito y hace que el hombre sea de menos autoridad" (Castiglione, 1984:103).