J. EL CÓDIGO DE LA CIVILIZACIÓN REFLEXIVA: Autoavuda y cuidado del Yo. VIII.

Autoayuda y cuidado del yo. La civilizaciópn del conocimiento.

La civilización del comportamiento. Urbanidad y buenas maneras en España desde la Baja Edad Media hasta

 

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Un programa de esta clase presupone, en aras de la autorregulación emocional, la necesidad de partir del autoescrutinio reflexivo que cada persona debe emprender sobre sí misma. Este examen de la interioridad se concibe como una tarea con la que se descubre lo esencial de cada uno, sus fortalezas y debilidades. Únicamente a través de este autoescrutinio se encuentra la persona en disposición de iniciar su proceso de autorregulación emocional:

"Hay que trabajar con uno.
Hay que observarse mucho.
Evidentemente, esto no quiere decir que haya que mirarse todo el tiempo, pero sí mirarse en soledad y en interacción, en el despertar de cada día, en el momento de cerrar los ojos cada noche, en los momentos más difíciles y en los más sencillos". (Bucay, 2002:78).

Se impone dicho autoescrutinio reflexivo como mirada examinadora sobre uno mismo; mirada reflexiva que, en ocasiones, puede hacerse acompañar del utensilio reflexivo por excelencia: el espejo. La utilización del espejo como herramienta de autoescrutinio se encuentra fundamentalmente presente en la obra Usted puede sanar su vida de Lousie L. Hay y en el manual de trabajo que de la misma autora lleva por título Ámate a ti mismo: cambiarás tu vida. El recurso del espejo como técnica de autoescrutinio permite a la persona tomar conciencia de su corporeidad y además de eso, le permite desdoblarse de tal manera que pueda emitir y recibir -hablando consigo misma en forma de yo desdoblado- consignas en pro de su propio autoconocimiento. El recurso técnico del espejo como utensilio de autoescrutinio se considera imprescindible por parte de esta autora, que lo incluye como elemento que debe estar a mano del lector durante la lectura de su libro (Hay, 1990:19) y que debe ser utilizado del siguiente modo:

"Primero, vaya a mirarse al espejo y dígase: Estoy dispuesto a cambiar. Observe cómo se siente. Si advierte vacilaciones o resistencias o ve que simplemente no quiere cambiar, pregúntese por qué. ¿A qué antigua creencia está aferrándose? Le ruego que no se riña; limítese a observar de qué se trata. Apuesto a que esa creencia le ha causado mil problemas y quisiera saber de dónde proviene. ¿Usted no lo sabe? Pero no importa que sepamos o no de dónde viene; hagamos algo por disolverla ahora mismo. Vuelva otra vez al espejo y, mirándose profundamente a los ojos, tóquese la garganta y diga diez veces en voz alta: Estoy dispuesto a abandonar toda resistencia" (Hay, 1989:62-63) (Nota: Más ejemplos de la utilización del espejo pueden encontrarse en Hay (1990:53-55)).

El autoescrutinio emocional contribuye al autoconocimiento de la interioridad personal teniendo en cuenta que tal autoescrutinio nunca es un fin en sí mismo. Antes bien, aparece subordinado a la consecución de esa felicidad que entrevera éxito y bienestar mediante el desarrollo de un sentido de la identidad pleno. Para la consecución de tan preciado objetivo, el código de la civilización reflexiva exige de la persona una toma de responsabilidad sobre su vida que le lleve a construir un proyecto vital satisfactorio. La responsabilidad que debe asumir la persona a la hora de diseñar o redefinir sus condiciones emocionales en particular y su proyecto de vida en general se articula en torno a tres puntos básicos: "hacerse cargo de uno mismo", "amarse a uno mismo" y "respetarse a uno mismo".

"Hacerse cargo de uno mismo" implica que la propia persona puede decantarse por un proyecto de vida autorrealizante u otro que no sea autorrealizante. Esto supone, si es que la persona se decanta por lo autorrealizante, que está en condiciones de alcanzar la felicidad sometiendo su emocionalidad y comportamiento a un proceso de autorregulación. Así pues, la propia persona es la responsable de su felicidad y de ningún modo debe trasladarse dicha responsabilidad al entorno o hacerla depender de otras personas:

"Tú no eres un robot que manejas tu vida por control remoto, un control lleno de reglas impuestas por otras personas y por reglamentos que no tienen sentido para ti. Tú puedes analizar más detenidamente esas reglas y empezar a ejercitar un control interno sobre tu propio pensamiento, tus propios sentimientos y tu propio comportamiento" (Dyer, 1978:195).

"Eres tú el responsable de tu desgracia porque son tus pensamientos respecto a las cosas y a la gente que hay en tu vida los que te pueden hacer infeliz. Para llegar a ser una persona libre y sana tienes que aprender a pensar de forma diferente" (Dyer, 1978: 28).

"Algunas personas eligen volverse locas antes que hacerse cargo de sí mismas y controlar sus vidas" (Dyer, 1978:34).

Desde esta perspectiva, se trata de adueñarse de la propia vida, la conducta y la emocionalidad para hacer de ellas lo pretendido por la persona. Por tanto, la persona gobierna su voluntad, emocionalidad, pensamientos y deseos de manera particular y sin depositar dicho gobierno en manos de terceras personas. No significa esto que nos encontremos ante un proceso que no vaya a suponer dolor, esfuerzo, disciplina y, por qué no, lágrimas. Dolor porque hacerse cargo de uno mismo convierte a la persona en una entidad no manipulable; circunstancia que puede ser contemplada con recelo por parte de un entorno que antes ejercía su manipulación sobre la persona (Bucay, 2002:52). Esfuerzo y disciplina en tanto hacerse cargo de uno mismo supone en cierto modo desandar mentalmente lo aprendido y dotar a nuestra conducta y emocionalidad de un nuevo sentido autorrealizador (Dyer, 1978:47). Y lágrimas porque adueñarse de la propia vida, como decía, puede abocar a cierta soledad cuando las personas recelan de quien pretende el dominio de su vida. Empero, sobre todo, porque hacerse cargo de uno mismo abarca el pasado, el presente y el futuro de la persona: se asume la responsabilidad por lo que se hizo, se hace y se hará y es ciertamente examinando el pasado como sobreviene la tristeza. No en vano, la persona puede constatar cómo era antes y cómo decide, responsabilizándose, ser ahora. Lousie L. Hay recomienda vivamente al lector que se haga acompañar de una caja de pañuelos haciendo los ejercicios que propone en Ámate a ti mismo: "A veces es buena idea tener a mano una caja de pañuelos de papel. Si es necesario permítete llorar mientras exploras el pasado. Las lágrimas son el río de la vida y limpian muchísimo" (Hay, 1990:14).

"Amarse a uno mismo" comporta el autorreconocimiento de aquello que siendo específicamente propio de cada persona, ésta estipula que es lo más hermoso o valioso que posee. El amor por uno mismo comienza por la aceptación del propio cuerpo y continúa con la aceptación de nuestros comportamientos, pensamientos y sentimientos. Pasa, pues, por una aceptación incondicional; es un aceptarse sin chistar (Dyer, 1978:51,64). Amarse a sí mismo conduce a que la persona no tenga ya que exigir reciprocidad en los afectos de los demás (Nota: Señala Dyer (1978:67): "El amor a uno mismo quiere decir que te amas a ti mismo; no exiges el amor de los demás"). Dicha reciprocidad puede hacerse o no efectiva pero en modo alguno tendría tal circunstancia un efecto decisivo sobre la persona que se ama a sí misma. Quien se ama a sí mismo enfatiza su propio valor, no se critica ni culpa, se desembaraza de sus lastres mentales y admite como verdad cualquier cosa que decida para sí (Hay, 1989:37).

Un ejemplo claro de cómo el amor a sí mismo puede ser el leit-motiv de una vida plena en la que superan todo tipo de obstáculos lo constituye la propia trayectoria de Louisie L. Hay, autora de Usted puede sanar su vida y Ámate a ti mismo. La autora confía en la potencia ejemplificadora de su vida para advertir al lector de la trascendencia del amor a uno mismo; a la postre, amor que le ha conducido hasta la plenitud (Hay, 1997:213-223). Los padres de Hay se divorciaron cuando ella tenía sólo un año y medio. Su madre se volvió a casar con un hombre tosco y violento y Hay cuenta cómo tuvo que aguantar maltrato físico y sexual durante su infancia. Se marchó de casa a los quince años y con dieciséis quedó embarazada cediendo más tarde el recién nacido a una familia. Su falta de amor por sí misma le conducía a buscar afecto en otras personas de manera enfermiza y lastimera: "Como estaba ávida de amor y afecto y mi autoestima no podía ser más baja, de buena gana pagaba con mi cuerpo cualquier bondad que alguien pudiera demostrarme" (Hay, 1989:215). La falta de amor por sí misma acrecentó su sensación de insignificancia e inutilidad; incluso dicha sensación terminaba por aproximarle a hombres que la vejaban y maltrataban. Esta situación se prolonga hasta que se inicia en la meditación trascendental y se aficiona al estudio, incrementándose del mismo modo su autoaceptación personal y su amor por sí misma. Y fue ese amor quien le hizo vencer el cáncer que le diagnosticaron; un cáncer que atribuye a un resentimiento acumulado contra quienes le dañaron y que superó gracias a ese amor. Su relato termina con un breve apunte sobre su situación actual: disfruta del éxito gracias a sus seminarios y a sus libros, que baten récords de ventas. También ha abierto un centro el que imparte clases a partir de lo aprendido y lo vivido. Se trata de un ejemplo de avatares y desgracias personales superados mediante al amor a uno mismo. Éste, como aclara Dyer, no ha de confundirse con la egolatría (Dyer, 1978:67). La egolatría se funda en el anuncio público de las cualidades personales para tratar así de captar el aprecio de los demás. Precisamente ahí estriba la diferencia con respecto al amor a uno mismo: quien se ama sí mismo no pretende lograr el afecto de los demás; de él nace y a él regresa esa aceptación incondicional de sí mismo.