Actitudes de fondo y forma. Las buenas formas.

Con la mirada aprobamos o reprobamos un comportamiento, con la mirada lanzamos un coqueteo o enviamos señales de repudio.

 

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Actitudes de fondo y forma. Las buenas formas.

No es lugar común decir que la comunicación es primordial para el contacto con los demás, y que puede ser emitida de múltiples formas: palabras, sonidos, actitudes corporales y gesticulares. Cualquier medio es útil para dialogar y que el cuerpo se exprese sin emitir palabras.

Al caminar por la calle, a través de la mirada percibimos hacia qué lado se dirige quien viene caminando en sentido opuesto a nosotros. También, con la mirada aprobamos o reprobamos un comportamiento, con la mirada lanzamos un coqueteo o enviamos señales de repudio. Recuerdo la mirada enérgica de mi abuela cuando alzaba la ceja, indicando que los menores teníamos que desaparecer. Ella no precisaba de lanzar gritos o jalonearnos... ¡todos entendíamos su lenguaje!

Un gesto de desagrado mío hizo que mi ex suegra decidiera que no merecíamos, su hijo y yo, el regalo de la casa que nos pensaba obsequiar. ¿Cuántas cosas más habré perdido por mi expresividad? (Aunque, aquí entre nos, realmente creo que no tenía ganas de dárnosla, y mi desagrado fue un excelente pretexto que la justificó.)

Hace tiempo que hemos dejado de privilegiar el lenguaje no verbal, nos olvidamos de la importancia del importante significado que tiene, siento que recibimos tantos estímulos del exterior en forma de ruidos, colores e imágenes, que nuestra percepción ya no disfruta de las formas de comunicación tradicionales, que nos conectan con los sentidos.

Las ideas y sentimientos son básicos, pero también las formas. Un regalo sin envoltura no genera sorpresa ni curiosidad. Un pastel de cumpleaños presentado en el molde para hornear carece del sentido festivo u honroso de la ocasión. Una persona desnuda no otorga al espectador el placer de imaginar sus formas ocultas por la vestimenta.

Las formas y buenas maneras enriquecen nuestros sentidos y despiertan la imaginación. Nos otorgan las delicias de imaginar una vida buena.

¿Qué ha sucedido? ¿En dónde hemos perdido el arte de la conversación, de las recepciones nutridas, con charlas gratas?, ¿De las visitas anheladas por ser ocasionales?, ¿De los momentos de compartir y degustar los alimentos aderezados de sabrosas y nutrientes platicas? ¿En dónde más los pequeños podrían adquirir lo elemental para socializar y congraciarse con los demás?.

Hace poco llegaron a mi consultorio dos hermanas, invitadas por su tía. Ellas son huérfanas de madre y, al dialogar, me pude percatar de sus carencias. Su lenguaje es concreto y burdo, adolecen de palabras para expresar sus sentimientos. Han vivido abandonadas de lo elemental. Su arreglo personal es parco; carecen de la sazón femenina que nos nutre a través del diario contacto. Sus carencias son extremas. Han convivido con su padre y, en un tiempo, con la abuela paterna, pero han adolecido de la figura materna desde la primera infancia. Sus necesidades de comida, techo y vestido han sido cubiertas de forma muy elemental. No han desarrollado habilidades de comunicación, femeninas o de recreación. Es un caso de abandono extremo. Son sobrevivientes a la orfandad de ambos progenitores. Sin reglas, límites, afecto o motivación. Sus recursos son limitados.

Solamente cuentan la una para la otra, escasamente.

Sé que éste es un caso extremo, pero actualmente cuántos adolescentes y adultos, al igual que ellas, viven en estados primitivos, incapaces de prestar atención al entorno. Pareciera que la satisfacción de sus necesidades primarias abarcará todo su esfuerzo de vida. Seguramente han adolecido de una guía adulta que les señale la importancia de convivir, de ser gratos a otros, de abrir su panorama e incluir al resto de la humanidad en su espacio auditivo, visual y afectivo. Son un viso a la era de las cavernas, en donde lo importante era sobrevivir, literalmente.

Luego de que la humanidad ha atravesado por etapas distintas, en donde hemos sabido colocarnos en posiciones diferentes, construimos castillos y rascacielos, viajamos por el aire y navegamos por Internet, y a pesar de ello, encontramos todavía a personas incapaces de comunicarse abiertamente con los demás.

Las formas y las buenas maneras reales nos indican nuestro avance como humanidad y como almas en desarrollo. Olvidarlas o ignorarlas nos hace retroceder en la escala evolutiva. Pretextar que el tiempo no nos alcanza para decir un por favor o un gracias, no nos hace parecer firmes o altivos. Nos coloca en la Era Primera, en donde los humanos carecíamos de la expresión verbal.

Hace unos días, tuve el infortunio de transportarme en el automóvil de un financiero. Cuando se acercó un vendedor de la calle a su auto, el hombre emitió un gruñido y subió apresurado su ventanilla. ¡Qué lastimosa imagen! Incapaz de otorgar una mirada o una sonrisa al otro, me mostró su rostro de hombre avaro y temeroso.

¿Cuántas veces en el transporte público hemos observado a un casi extinto caballero que le brinda el asiento a una mujer, para encontrarse con la expresión congelada de la reina de las nieves frente a él? ¿Cuántas veces más él repetirá ese acto de decencia?.

¿Cuántos correos me llegan de mujeres ejecutivas, extremadamente ocupadas (supongo), que no dicen gracias o solicitan de buena manera lo que quieren? ¡Muchísimos! Afortunadamente, seguimos existiendo personas que solicitamos amablemente lo que requerimos y no sentimos que perdemos imagen al decir gracias con una cálida sonrisa, como muchas de mis lectoras. Gracias a todas ustedes por sus consejos, vivencias, comentarios y agradecimientos.

¿Cuántas sonrisas regalas cada día? ¿Cuántas veces al mes te tomas la molestia de agradecer a tu esposo, a tu jefe, a tus hijos, a tus colaboradores cercanos, sus servicios, su compañía? ¿Cuántos comentarios agradables les y te haces?

Añadamos un poco de aderezo amable a las vidas de quienes nos encuentran en el trabajo, en la calle y en nuestro hogar.

 

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