Deberes de la buena educación. Deberes de los jugadores.

Es una verdadera desgracia soportar la asociación de un mal jugador que triunfa con estrépito cuando gana o se irrita cuando pierde.

Nuevo Manual de la Buena Sociedad o Guía de la Urbanidad y de la Buena Educación.

 

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Cuando el salón se llena suficientemente de gente, la señora de la casa después de haber hecho arreglar por los criados las mesas de juego, toma tantas cartas como jugadores exige el juego que se va a principiar y las presenta comenzando por la persona de más distinción. Aceptar una carta, es adquirir compromiso de jugar. Sin incurrir en la nota de impolítico, se puede preguntar a alguno si conoce tal o cual juego, y si es hábil en él, pudiendo también interpelar a los demás acerca de los compañeros que desean. Esta tolerancia es muy justa pues la señora de la casa sufre grandes molestias en reunir convenientemente a los jugadores. Debe evitarse, con el mayor cuidado, el reunir en una misma mesa de juego personas de la misma familia, como también aquellas conocidas por sus antipatías, o encontradas opiniones.

Es una verdadera desgracia soportar la asociación de un mal jugador que triunfa con estrépito cuando gana o se irrita cuando pierde, de un jugador torpe que se detiene largo tiempo antes de arrojar su carta, de personas mal educadas que canturrean mientras juegan o hieren el suelo con los piess, o hacen el tambor con las manos sobre el tapiz, que pretenden que la vecindad de tal o cual persona les es de mal agüero pidiendo que se cambien las barajas a fin de hacer cambiar la suerte.

La señora de la casa juega muy rara vez, a menos que la reunión sea poco numerosa, pues tiene suficiente con hacer los honores del salón.

Los jugadores se sustituyen mutuamente en las mesas de ecarté, y los dueños de la casa, no tienen que ocuparse de esto.

Antes de principiar el juego, es preciso arreglar sus condiciones. Proponer jugar poca cantidad sería exponerse a sospechas de mezquino, lo mismo que la indicación de jugar mucho sería más peligrosa aún, pues revelaría el vicio o la avaricia, por lo cual es oportuno rogar a sus compañeros el que arreglen este punto. Esta previsión es un deber imperioso cuando un joven juega en compañía de señoras o personas de consideración.

Las señoritas, por lo regular, no juegan a no ser que, se propongan juegos de poca importancia.

Cuando se principia la partida, se debe saludar con una ligera inclinación a las personas con quien se juega al distribuirles las cartas por primera vez. Los caballeros deben cuidar de reunir las cartas y arreglarlas al fin de cada turno presentándoselas a la señora a quien toca dar.

Es preciso estar muy sobre sí en el juego para no incurrir en distracciones o faltas de amor propio, o carácter. Es indispensable la mayor moderación asi en la pérdida, como en la ganancia, a fin de no inspirar un alejamiento vecino del desprecio. El que al jugar no dirige jamás una queja a su compañero, gana en silencio o se ríe de su mala suerte, permanece en el juego y da siempre la revancha a su adversario cuando él gana; en caso de pérdida se retira sin quejarse, y paga la suma convenida sin aguardar a que se la pidan considerando su deuda como una deuda de honor, este tal merece en el mundo la reputación de buen jugador, elogio el más elocuente que se puede obtener en sociedad.

Las personas que juegan rara vez y por complacencia solamente, cometen faltas involuntarias que es muy conveniente indicarles. Como tienen poca costumbre de jugar, piden consejos y dirigen la palabra a personas esxtañas a la partida, haciendose insoportables a sus compañeros.

Al mostrar el juego a esos consejeros incómodos, éstos fijan sus miradas en el juego de sus vecinos, y se disputa alguna jugada, discuten con tanta obstinación cuanto están en situación menos a propósito de juzgar la cuestión bajo sus diversas bases. Todos estos procedimientos, pero sobre todo el último, son intolerables. Es conveniente dirigirse a las personas no interesadas, explicándoles con política y calma la causa de la contestación.

En familia se puede jugar con cartas que hayan ya servido, pero en sociedad es preciso que sean absolutamente nuevas. Cuando los jugadores dejan la mesa y vuelven de nuevo al salón, debe mostrarse interés en el resultado de su juego, felicitándoles caso que hubiesen ganado, o procurando consolarles con amabilidad, en caso de pérdida.

Llegada esta hora la señora de la casa hace servir el té acompañado de pastelillos y otros dulces, principiando por las señoras y continuando por los caballeros de más distinción. Algunas veces, al té sucede el ponche y a éste los helados, pero esto no tiene lugar mas que en las grandes "soirées". En estas y otras circunstancias análogas, es preciso no perder nunca de vista el principio que hemos enunciado al hablar de los convites, y consiste en esfuerzo a olvidarse a si propio para agradar a los demás.

Si la "soirée" ha sido dada en parte por obsequiaros a vosotros, debéis permanecer allí largo tiempo, obrando de la misma manera en el caso de ser en obsequio de una persona de consideración, pues dejar el salón vacío en tanto que ella permanece en él es desairar a la señora de la casa. Reflexionad siempre sobre lo que, puede agradar o desagradar y obrad en su consecuencia, seguros de que siempre acertaréis.

Al retiraros de las pequeñas reuniones debéis saludar desde luego a los dueños de la casa, y después a todos los asistentes en general. En las grandes "soirées", seria ridículo este úllimo saludo.

Al pasar a la antesala para tomar vuestro abrigo, si le recibís de mano de criados extraños debéis darlos las gracias ya por respeto a vosotros mismos, ya también para evitar el que os tengan por persona de poca valía.

 

Nota

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