Tarde dieciséis. El modo de estar en la mesa.

Antes de sentaros a la mesa debéis lavaros las manos si no las tenéis muy limpias.

Lecciones de moral, virtud y urbanidad.

 

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El Padre. - Como mañana han de venir a comer con nosotros vuestro tio, algunas señoras y varios caballeros, voy a enteraros en las reglas que las personas bien educadas observan cuando están a la mesa.

Jacobito. - Muy bien, papá; ya pensaba habérselo dicho a V. esta tarde, porque no quisiera hacer nada que pareciese mal, y que V. se sonrojase por ello.

Emilio. - Eso mismo iba a decir yo, papá.

El Padre. - Escuchadme pues con atención. Antes de sentaros a la mesa debéis lavaros las manos si no las tenéis muy limpias. Si vais a alguna casa donde esté en uso el lavarse, esperad que llegue vuestro turno, y hacedlo sin incomodar a nadie, ni mojar vuestro vestido.

Hay familias que tienen la loable costumbre de hacer una corta oración antes de empezar a comer; a vosotros no os puede sorprender esto, porque en casa hacemos lo mismo; pero hay personas imprudentes para quienes esto suele ser un objeto de sonrisa burlona, y miran con cierto aire de compasión a los que reconocen la existencia de Dios, y le dan gracias por los beneficios que nos dispensa. Si os halláis en alguna casa en la cual no acostumbren a rezar al principio y al fin de la comida, no digáis nada; levantad silenciosamente vuestro corazón a Dios, y con esto habréis cumplido.

Cuando llegue el momento de acercarse todos a la mesa, esperad que el dueño o la señora de la casa os señale el asiento que habéis de ocupar, y dejad que las personas mayores o de más consideración se sienten las primeras.

No os arriméis demasiado a la mesa, ni tampoco os separéis mucho de ella, colocaos con soltura, sin incomodar con los brazos a vuestros vecinos. Jamás pongáis los codos sobre la mesa, ni sobre el palo de la silla del que esté a vuestro lado; apoyaos ligeramente en vuestras muñecas, y tened el cuerpo derecho.

El uso ha establecido entre nosotros que se lleve la comida a la boca con la mano derecha, y que se corte con la misma; que el pan se ponga a la izquierda del plato, y el vaso a la derecha un poco más hacia el centro de la mesa. Los criados deben servir por el lado izquierdo a fin de poder agarrar naturalmente con la mano derecha lo que presenten.

No despleguéis la servilleta antes que lo haga el dueño de la casa o el que os convide. Ponedla según este más en uso, y de modo que la halléis pronto para limpiaros con ella los dedos y los labios siempre que sea necesario, y principalmente antes y después de beber.

Parece muy mal soplar el caldo, la sopa, o comida para enfriarla; se debe menear despacio con la cuchara; al llevar esta a la boca no hagáis mucho ruido para sorber el caldo.

No alarguéis con precipitación el plato para que os sirvan, esperad que os llegue el turno.

Si os presentan un plato, no escojáis los mejores bocados, sobre todo cuando hay personas mayores, o señoras que servir antes.

Cortad el pan en pedacitos iguales, y comed la corteza y la miga juntamente.

No agarréis un pedazo grande de pan, llevadlo a la boca en porciones pequeñas con dos dedos cuando tengáis necesidad.

No comáis con demasiada precipitación, ni muy lentamente; lo primero anuncia glotonería y hace daño al estómago; la segunda fastidia a todos. No llenéis demasiado la boca, ni habléis mientras no hayáis pasado el bocado.

En cuanto al uso del tenedor o cuchillo para llevar la comida a la boca, es preciso sujetarse a lo que hagan los demás, a la moda general; pues este es el mejor medio de no parecer ridículo.

No dejéis la cuchara, ni el tenedor, ni el cuchillo fuera del plato después de haberos servido de ellos, para no manchar el mantel; porque está a cargo del que os sirva el presentaros cubierto limpio a cada plato.

No cojáis la sal, ni la pimienta con los dedos; si no hubiese cucharita destinada a este servicio, servios de la punta del cuchillo, si no le habéis llevado a la boca; o del mango del tenedor de plata. Tomad de aquellas dos cosas solo lo más preciso.

No andéis oliendo los manjares, y a menos que el dueño de la casa no os pregunte vuestro parecer, absteneos de hablar de la buena o mala calidad de ellos; pero en ningún caso rebajéis su mérito, ni el de su condimento.

Si halláis en la comida alguna cosa sucia, como un pelo, una mosca, etc., no le enseñéis a nadie, para no incomodarle; separadla a un lado con disimulo, o entregad el plato al criado cuando esté inmediato.

No echéis por tierra huesos, cáscaras de huevo, mondaduras de frutas, ni nada de lo que se coma; es menester poner todas estas cosas a la orilla del plato. Los huesecitos de las frutas se sacan más limpiamente de la boca con dos dedos, que escupiéndolos a la mano.

Es desagradable ver a una persona mancharse las manos comiendo, tocar la carne y las salsas con los dedos, y lamerlos en seguida. No os embadurnéis los labios demasiado. Se tiene por grosero al que limpia el plato con un pedazo de pan cogido con los dedos.

No bebáis teniendo la boca llena, y sin haberos limpiado primeramente los labios. Agarrad el vaso por la parte más inmediata al pie que al borde de él, y si os servís vosotros mismos la bebida, no lo llenéis tanto, que sea expuesto manchar el mantel. Se debe beber ni muy apriesa, ni muy despacio, ni a sorbos haciendo rechinar los labios. Mientras estéis bebiendo, tened la vista fija en el vaso. Es una grosería hacer sopa en vino; en algunas partes está permitido mojar el bizcocho en el vino a los postres.

En cuanto a los brindis os diré que os atengáis al uso establecido; en algunas casas se bebe a la salud de los circunstantes empezando por los dueños desde el principio de la comida; en otras se guarda esta ceremonia para los postres; y en fin en otras partes no se usa jamás, excepto en algún convite extraordinario donde reina mucho la alegría y el buen humor. Los Franceses suelen tocar los vasos, o las copas, ceremonia que solo sirve para hacer ruido y manchar a veces los manteles. En Inglaterra la copa descansa sobre la mesa, y teniéndola asida con dos dedos, se dice lo que se tiene que decir; a veces ocurre tener que ponerse en pie una persona para dar las gracias a los circunstantes por alguna cosa lisonjera que le han dicho, o bien para proponer un brindis, y en estos casos se tiene la copa en la mano si lo que se ha de decir es breve.

Hay algunas personas tan aficionadas a tomar tabaco, que no pueden pasar tres minutos sin atracarse las narices de esta droga, dañosa a la memoria en opinión de algunos. En la mesa siempre parece mal tomar polvos, pues por mucha limpieza y cuidado que se tenga suele caer algo sobre la ropa, o sobre el plato, y tal vez el vecino no queda sin participar algunas partículas, que le hacen estornudar sin tener ganas, sobre todo si es de la clase del llamado Sevillano, que ataca a la garganta al mismo tiempo. Además de esto, las personas que han adquirido este vicio, se descuidan muchas veces de sacar a tiempo el pañuelo, y sus narices ofrecen un espectáculo asqueroso; su pechera y su corbata están embadurnadas de tabaco, y hasta el tufillo que despiden está muy lejos de ser como el del ámbar. Por lo dicho se puede juzgar cuan feo debe parecer el poner la tabaquera sobre la mesa; poner el pañuelo, es insoportable.

Durante la comida no mostréis, hijos mios, cierto aire ávido, que haría creer ibais a devorar todo cuanto estabais viendo. No miréis al plato del vecino para examinar si le han dado mejor tajada. A menos que no tengáis mucha confianza, o que vuestra edad o rango os lo autoricen, no pidáis que os sirvan un pedazo mejor que otro. No recibáis nada sin dar las gracias con una ligera inclinación de cabeza, y de palabra si el dueño, o dueña de la casa o alguno de los convidados os hacen cualquier obsequio.

Como en más de cuatro ocasiones os ocurrirá el tener que trinchar, a fin de hacerlo con la gracia, prontitud y limpieza necesarias, os daré algunas lecciones prácticas, sin las cuales toda la teórica es conversación y nada más (Nota 1). Los que no lo entienden, se exponen a un sonrojo, a llenar de grasa los manteles o los vestidos de sus vecinos, a echar por tierra los vasos, a destrozar y hacer añicos miserablemente una perdiz, un capón, etc.

Nota 1. Véanse las observaciones sobre la cortesanía y honores que debe guardar todo buen gastrónomo en la mesa, y reglas para trinchar, al fin del poema intitulado, la Gastronomía, o los placeres de la mesa, poema en cuatro cantos, traducido libremente del francés al verso español, por el autor de esta obrita.

No os estreguéis los dientes con el mantel o con la servilleta, ni los limpiéis tampoco con los dedos.

En algunas casas suelen presentar tazas de cristal o china con agua tibia para lavarse la boca después de la comida. Mejor fuera que se desterrara semejante costumbre, porque aunque la operación en sí es muy buena, y útil si se quiere, es más propia para que cada uno la haga a solas, pues causa asco no solo el enjuague general, sino también el babeo que se sigue.

Durante el primer servicio se suele hablar poco, luego la conversación se hace general, y por último cada uno habla con los que tiene a su lado, y a veces con el de enfrente; si la mesa es muy larga no parece bien emprender una conversación con alguien que esté muy distante, pues si todos hicieran lo mismo se armaria una algarabía que nadie podría hacerse entender.

El momento de los postres es un escollo para muchas personas; unas porque hacen ver su glotonería; otras porque cogen muchas cosas para llevárselas, y algunas porque creen que entonces es permitido manifestar una alegría loca e incómoda hasta el punto de fastidiar al hombre más cachazudo.

No es muy cortesano llevar el mondadientes en la boca, por via de juguete, después de acabada la comida y levantada la mesa.

El modo de tomar el café es bastante sabido, y así no os diré nada sobre este particular, a excepción de que el buen uso quiere que se tome en la taza y no en el platillo.

La última cosa que os recomiendo, hijos míos, es que no comáis ni bebáis hasta hartaros. Un sabio antiguo ha dicho que el exceso en la bebida y la comida ha matado más gentes que todas las guerras juntas. La naturaleza, que tiene necesidad de repararse, ha dispuesto de modo que probemos un placer exquisito cuando comemos, a fin de que no abandonemos deberían esencial; pero por los males que nos resultan, nos ha advertido que sepamos contenernos luego que la necesidad esté satisfecha. Las indigestiones destruyen el estómago, causan dolores violentos y acarrean la muerte; tales son las consecuencias de la glotonería.

Nunca hagáis excesos en el beber; el vino, y más que todo los licores tomados en gran cantidad queman las entrañas, producen jaquecas horribles, debilitan la vista y aun el espíritu. Os he contado en otra parte lo que hizo Alejandro el Grande en un rapto de embriaguez; el hombre en semejante estado es una bestia feroz y asquerosa. Salid pues de un convite con la misma serenidad con que hayáis entrado en él; dormiréis tranquilamente; estaréis dispuestos para todo lo que se ofrezca; tendréis los sentidos despejados; el estómago, que es el laboratorio químico donde se prepara todo lo que necesita para su subsistencia nuestra frágil máquina, hará sus funciones con regularidad ; y por último nadie podrá jamás echarnos en cara un defecto, que, aunque muy común, es vergonzoso.

Si os encontráis alguna vez con gentes que quieran haceros beber más de lo que conceptuáis razonable, no seáis complacientes hasta el extremo de estropear vuestra salud, y de exponeros a la befa y al escarnio por una mal entendida complacencia. Porque debéis tener entendido que la descortesía está de parte del que provoca a cometer un exceso, no de parte de aquel que tiene bastante juicio y firmeza para no hacer demasías.

Hijos míos, acabaré diciéndoos que, si estando comiendo llega algún pobre a pediros limosna, no seáis como aquellos que se irritan diciendo que van a importunarlos; al contrario, pensad que tal vez no habrá comido, ni tendrá que comer en aquel dia, y dadle algo con que pueda ir satisfecho; estoy seguro que la comida os sabrá mejor después de socorrer la urgente necesidad del infeliz que acude a vuestra puerta cansado y desfallecido.