Vampiros de croquetas. La educación es el primero de los problemas nacionales.

Somos un pueblo zafio y, lo que es peor, parecemos encantados de ser como somos. Mal asunto.

Periódico La Estrella

 

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Tengo dicho, y lo repito, que la educación es el primero de todos los problemas nacionales. Es más, todos los restantes derivan de él. No me refiero únicamente a la educación escolar y académica, sino a todo el ámbito de conocimientos, ejemplos, prácticas y fundamentos morales en que se sustenta, o debiera sustentarse, una sociedad civilizada y, por ello mismo, grata para la convivencia, propicia para el pensamiento y más fecunda en gozos que en tristezas. Somos un pueblo zafio y, lo que es peor, parecemos encantados de ser como somos. Mal asunto.

Este año, como ya es costumbre, la celebración de la Pascua Militar convocó en el Palacio Real, junto a jefes y oficiales del Ejército, a un buen número de políticos y periodistas. Es una cortesía del Rey don Juan Carlos que, como suele suceder, presidió el encuentro acompañado por la Reina, doña Sofía, y el Príncipe de Asturias.

Los actos protocolarios de esta naturaleza son una buena ocasión para el lucimiento de las buenas maneras. Así lo aconseja el buen gusto y lo exige el respeto a la Jefatura del Estado y lo que constitucionalmente representa. Así fue durante la Transición y así se cumplió durante las legislaturas gestionadas por Adolfo Suárez, Leopoldo Calvo Sotelo y Felipe González.

En tiempos de José María Aznar, quizás porque el personaje no es un alarde de sutileza ni un portento de buenas maneras, se relajaron un tanto las formas y, con frecuencia, se utilizaron las recepciones reales para, con mal uso de las copas y las croquetas servidas en Palacio, organizar en ella pequeños mítines políticos e improvisadas ruedas de prensa. Algo inadecuado a las circunstancias y contradictorio con el respeto formal que es exigible ante el Rey y la Reina y, con ellos, al motivo de la convocatoria.

José Luis Rodríguez Zapatero y sus ministros han continuado el mal ejemplo de la etapa aznarí. A tal punto ha llegado el caso que los servicios de la Casa del Rey, viéndolas venir, han habilitado este año un salón próximo a los de la recepción para que en él pudieran explayarse los políticos con apetito de notoriedad y los periodistas con hambre de noticias. Alguien podría considerar que mi reparo formal es excesivo. Estaría en su derecho; pero, como dice Baura, se empieza por impedirle el paso a una viejecita al traspasar una puerta y se termina siendo un asesino en serie. Las formas no son cosa menor y si se le añade a la ignorancia enciclopédica que germinan nuestros planes de estudio los gestos zafios de nuestra conducta más habitual se construye una Nación como la que tenemos, con mucho más pasado que futuro.

Vampirizarle al Rey las croquetas y los canapés, valga el dicho como síntesis, marca bien a las claras el entendimiento de muchos líderes políticos y bastantes periodistas sobre cuál es la forma del Estado. Quienes creen en la libertad como valor supremo del individuo y entienden la democracia como una inequívoca y benéfica separación de poderes estarán, por ello mismo, en condiciones de valorar y respetar la figura del Jefe del Estado. Es el vértice de la pirámide convivencial, su símbolo y representación.

Si se contempla sin mucha pasión y sin apriorismos partidarios el renqueante transcurrir de nuestra vida política, podrá advertirse que esa mala educación de la que hablo es una constante en las relaciones entre fuerzas y en el choque de las ideas.

 

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